viernes, 4 de agosto de 2017

LO QUE A VECES DUELE ESCRIBIR







   Dejamos hace poco en suspenso el comentario sobre el último libro de Juan Cruz Ruiz (repito: así es como firma sus entregas literarias, pero en la profesión sólo hace falta su primer apellido para saber de quién se habla), tal y como señala el título (y cuenta en sus páginas), tal y como recoge el testigo de Virginia Woolf y así lo explica el texto que da la bienvenida al lector (y que puede encontrarse reproducido en una entrada anterior de este blog -Lo que a veces duele leer-), fue un golpe de vida lo que me hizo transitar por otros caminos (no deseados y nada placenteros, la verdad), pero lo sucedido (y pensado y sentido) en torno al execrable artículo (o lo que fuese aquello)de Javier Marías sobre Gloria Fuertes (con la apostilla de Juan respecto al asunto) no podía empañar lo experimentado durante la lectura de Un golpe de vida y, por eso, ponemos el contador a cero y empezamos con el asunto. Aunque, tal vez enlazando con lo escrito recientemente, lo cierto es que en muchos momentos entablé diálogo encendido (sí, a veces replico en voz alta a lo que leo) con el libro publicado por Alfaguara, admirar y seguir a alguien no significa estar siempre de acuerdo (por fortuna), querer a alguien consiste en aceptar sus defectos (o lo que nos parecen tales), sus manías, sus puntos de vista divergentes de los nuestros, se respeta a alguien porque se discrepa, se discute, se refuerzan lazos a través de la controversia (o así debería ser), no se trata de ponerse cerriles, sobre todo en este oficio nuestro, por más que la norma sea la contraria desde ya demasiado tiempo y todo se nos vaya en gritar (no hacen falta las mayúsculas para percibir el volumen alto que tienen palabras tecleadas con furia -y la primera piedra la tiro sobre mí mismo, aún no he aprendido del todo a refrenar mi ímpetu-), en patalear, en no ser honestos ni ecuánimes cuando corresponde (los que mienten descaradamente, los que se pasan la ética por el arco del triunfo, los que hacen propaganda, los que no se toman en serio el periodismo -los que no lo aman, los que no tienen ni idea de lo que es, del ideal al que debe aspirar-, todos esos y otros más no entran en esta clasificación, están fuera del margen, no entran en la caja de impresión). Cuando se han compartido experiencias, cuando se ha estado en los mismos lugares, cuando se conocen hechos de primera mano, cuando se tiene relación con alguno de los involucrados, es imposible no meterse entre las líneas y rebatir al autor, hacer alguna matización, levantar el dedo y pedir la palabra, pero eso es una muestra más de la viveza de su prosa, de cómo capta el momento, de su ojo clínico, de su agudeza, Juan Cruz sabe envolvernos, implicarnos, hacernos partícipes; no es necesario ser periodista (ni mucho menos haber tenido la fortuna de pasar muchas horas con el autor) para disfrutar con Un golpe de vida, al fin y al cabo habla de eso mismo, de la vida, también de una vocación (pero todas se parecen cuando uno es capaz de localizarla -yo, como tantas veces he contado, tardé en ser consciente de lo que rugía en mi interior, pero al final comparto deslumbramientos, epifanías, titubeos, cosquilleos, certezas con muchos colegas, así lo he constatado, así vuelve a ocurrir con Juan, aunque cada uno tengamos nuestra propia peripecia-), cualquiera que conozca libros, entrevistas, intervenciones, artículos de Juan sentirá que está en territorio amigo, también es una buenísima ocasión para empezar a conocerle porque, como es habitual, como es norma de la casa, se abre en canal, viaja hasta lo más profundo, practica una autovivisección y no tiene reparos en explorar sus dolores con plausible honestidad.
   Leer a Juan Cruz es asistir al proceso de escritura, es un maestro en ir describiendo cómo acomete la tarea, cómo la va desarrollando, cómo sucede (retransmite en directo), cómo la vida lo desbarata todo en un minuto, cómo interrumpe el flujo de las palabras, cómo detiene el libro porque lo importante le reclama, precisamente leí Un golpe de vida cuando la enfermedad de la tía Carmen nos atacó con virulencia, cuando había que asumir demasiadas cosas en poco tiempo y me encontraba desbordado, cuando intentaba acostumbrarme (algo que jamás se consigue) a que su mente, su corazón, su alma iba a ir borrándose (y en eso seguimos aunque al menos el ritmo devastador ha ido menguando -pero hay que estar alerta sin descanso-), algunas páginas me dolieron sobremanera, me empequeñecieron, me provocaron lágrimas, rubriqué sus palabras: “La noticia que uno espera de los próximos es siempre buena, pero en el fondo del alma late la posibilidad paranoica de que se haya producido un quiebro en esa perfección que uno le exige vanamente a la vida. Sucede con los parientes más cercanos, con los amigos: la sensación, atada a la infancia, de que los próximos son inmortales, como nosotros mismos, produce el vértigo de ese deseo: nada malo ha de pasar.” Y uno se repone, claro, sigue camino, convive con la pena sin dejar que ésta le anule, Isabel Allende se sintió vacía al terminar Paula pero la llama de la literatura volvió a prender en ella, Carmen Martín Gaite también recuperó la voz -y de qué modo- tras afrontar el trago más amargo que una madre puede beber (“El temporal acecha, es la vida, no se para el tiempo, se convierte en temporal, en fuga, y se asemeja a ese momento en que todo se acelera y se llama enfermedad, dolor, vacío, imposibilidad de reaccionar con tus propias fuerzas para resolver la debilidad de los que están al lado. La fuerza sirve como palabra o aliento, pero de resto no sirven las palabras ni el aliento. Ni el silencio sirve, nada sirve. El dolor es el dolor, y es absoluto. Y se produce el silencio interno, la palabra se hace inservible, y somos sonámbulos en realidades que ya no controlamos.”), este oficio de escribir, de contar historias (propias, ajenas, vividas, inventadas, soñadas, anheladas) absorbe, exige, impone y se impone, pero también nos rescata, nos ayuda, sirve como lenitivo, es salvador, “(…)por eso he vuelto a escribir, para poner en orden la vida. Escribir es la solución para lo indecoroso, la voz contra el sufrimiento o el azar que rompe la dulce continuidad de la vida y que al transformarse en palabra o escritura genera un nuevo lugar, una nueva forma de espejo, un alivio. Escribir para estar atento, para ordenar el espacio interior, el viaje, para que el viaje surta su efecto y pueda llegar al otro lado ya desvanecido, ya nadie notará que no estoy en el sitio. Envejecer es no escribir, me digo. Envejecer es dejar de ser visto.”
   Pero no todo es doloroso en Un golpe de vida, por supuesto, aunque siempre haya gente a la que añorar, aunque se haga recuento de las pérdidas, aunque tu hija se debata entre la vida y la muerte, porque es, por encima de todo, un canto encendido y agradecido a este oficio invencible (ese era el título que Juan tenía previsto cuando empezó a escribir), a este veneno que a pesar de las amarguras tanto regala y que, por mucho que se critique (con conocimiento de causa, porque se ama), cuando se prueba sólo se quiere repetir (al menos, habiendo tenido el privilegio de conocerlo tanto y cuando no estaba tan emponzoñado y maleado como ahora): “No puedes ser periodista y dejar de serlo, no puedes, tienes que actuar, no hay ni tregua ni silencio, el voraz apetito de los teletipos, la web, la urgencia marcando el ritmo cardiaco de un oficio invencible que parece vencido por la posverdad, la contraverdad, la sinuosa velocidad de los rumores. El periodismo es la alerta propia; se estará muriendo el oficio y tú estarás alerta hasta el último suspiro. La muerte del periodismo será como la muerte de una persona. Alguien será el último en contarla. No sé si alguien será el penúltimo en llorarla. La vida es la vida del periodismo. Cuando sea la muerte del periodismo será la muerte de todas las muertes, la muerte de todas las vidas, la muerte de la vida será la muerte del periodismo. Nada que contar, vivir para no tener nada que contar. El infierno será ese agujero negro. Ni una noticia. Ni un niño recibiendo una noticia. Nada.” Claro que es ingrato (pero no por sí mismo sino por sus gentes -como todos los oficios-, “lo hemos matado nosotros”, lo dice uno de los más grandes que nunca habrá, Manu Leguineche), por supuesto que provoca amarguras, frustraciones, esclavitudes, pero también enormes satisfacciones, regocijos, alivios, recompensas intangibles que duran eternamente: “(…)la alegría que en el oficio se alcanza a veces, y que viene de vez en cuando en las ocasiones en que la vida no la puede contar el oficio. El oficio también proporciona ocasiones así, en las que el regocijo es la respuesta que el cuerpo le da el alma: cuando hallas un verbo adecuado, un adjetivo eficaz, un titular que se parece a la propia esencia de lo que has visto. Y entonces dices: “¡Hay que brindar por este oficio!”.”
   Y si un servidor aprendió a leer en las matrículas de los coches cuando caminaba con el tío Miguel camino a la Dehesa de la Villa, si la radio marcaba el despertar para ir al colegio y escuchándola con la abuela merendé muchas tardes, haciendo oficio sin saberlo, Juan también fue precoz en ese aspecto: “Aprendí a leer gracias a la radio y gracias a mi madre, así que ya sabía lo que era leer y escribir, y lo hacía con gusto y habitualmente, como si eso me hiciera respirar mejor. Esa costumbre de leer y de escribir sigue, como si fuera a la vez un gozo y una penitencia: me da vergüenza de mí mismo si no leo, me siento desperdiciado como persona si no escribo; me desordeno si no escribo, me siento sucio, como inservible, si no leo.” Y estuve a punto de estudiar Derecho (y lo hubiese hecho de no ser por Luis Landero), encaucé mis pasos hacia el destino que había ido fraguando leyendo prensa, viendo televisión, escuchando radio, defendiendo que la formación es imprescindible pero comprendiendo que sin práctica no sirve para nada y que, si ponemos ambas en una balanza, me decanto por la segunda (y por la curiosidad, las ganas de aprender, el interés por los demás y lo demás): “En la universidad empecé a estudiar Historia, que no seguí, y estudié Periodismo, que terminé, aunque iba a clase sólo de vez en cuando; pero aun si no hubiera estudiado nada, creo que aquella vocación inspirada por los recortes de periódicos y por la radio me hicieron el periodista que soy. Todo lo que tenía que aprender lo aprendí en la calle y en las redacciones; la calle es la intuición, la redacción es el sitio donde se domina la aridez del oficio gracias al truco de simular que ya sabes hacerlo porque imitas a otros hasta que eres como ellos”. Y no se deja de ser periodista nunca (así lo pensé en septiembre de 2012, pero Pablo me hizo despertar del letargo y de la pena): “Eres periodista, y punto; es una situación, la consecuencia de una vocación, y es un trabajo. Como el de un cirujano o el de un vocalista, depende de ti. Ya se puede caer el mundo, que te tiene que hallar en disposición de ser periodista. De ser periodista y de estar como periodista. Y no tiene que ver con el medio, naturalmente, aunque este medio cambie o sea otro; aunque no te sientas representado en lo más hondo de ti por el medio en el que estás, el oficio está antes; el periodismo es independiente de donde lo ejerces, y tienes que ejercerlo como si no hubiera medio, por el valor mismo que le des al oficio, con el entusiasmo que requiere un trabajo que proviene más de las ganas propias que de las ganas que te proporcione la ganancia que obtienes por ejercerlo. El periodismo es un oficio invencible porque te agarra, así que tú tienes que agarrarlo también, intentar la imposible tarea de vencerlo.”
   Juan Cruz es hombre de El País, lleva ahí desde el principio, estuvo fuera pero quiso regresar, se comprende la defensa que hace del medio aunque escuece un poco que no haga lo mismo con las personas, con algunas, con determinadas, aunque esgrima argumentos válidos a veces coloca al ente por encima de las gentes (pecado que cometemos todos), para bien y para mal, porque El País no despide, no expulsa, no defenestra, no hace campañas a favor o en contra (ni ningún medio en sí), todo lo orquestan e imponen unos que tienen nombre y apellidos y a los que se debería señalar con el dedo: “La identidad de los periódicos (…) procede de que sean fieles a lo que los lectores esperan (o desesperan) de ellos. Ése es el centro de la historia de los periódicos; eso es lo que se puede romper. Pamuk cifra en el centro de los libros la vitalidad de éstos, su sentido esencial. Pero no son distintos los periódicos de los libros: necesitan el centro, la confluencia, su drive, su conducta. La pertenencia a un periódico, pues, es una sensación de ida y vuelta: eres o no eres del sitio; tú no lo puedes decir del todo; desde el otro sitio también te tienen que llamar, aunque sea simbólicamente.” Pero, querido Juan, en demasiadas ocasiones los periódicos no escuchan a sus lectores (lo mismo valdría para las radios y las televisiones), los que están en los despachos y tienen capacidad de decisión decretan ceses (o contratos millonarios), quiebran líneas editoriales, hacen lo que sea para mantener ingresos publicitarios, publican como noticia lo que es mera propaganda, ¡ay, Juan! Y el caso es que haces una magnífica descripción del momento, detectas los síntomas, recetas el mejor remedio pero, en ciertos momentos (cuando se mienta El País), lo olvidas: “El periodismo es, por supuesto, un oficio de egoístas y egocéntricos, como la literatura o como la mayor parte de las artes que practica el hombre, pero en pocas tareas es tan imprescindible que ese egoísmo se tamice o se lamine si se quiere hacer de veras periodismo interesante, inteligente y de calidad. En primer lugar, el periodista precisa de autocrítica, que es un elemento tan difícil de obtener que debería inventarse un sustitutivo que se venda en las farmacias o que se aplique en las propias redacciones.” ¡Ahí le has dado, querido: autocrítica! Pero, igual que digo una cosa, no puedo dejar de reseñar el análisis implacable y certero que Juan hace sobre el oficio: “El insulto incluye a los medios; a los medios se les exige, por parte de los periodistas también, lo que los propios periodistas tampoco damos: como si los periódicos no dependieran de nosotros, transitamos por los pasillos, como los tuiteros, buscándole al periódico, al medio en el que estamos, los defectos que no vemos en nosotros mismos. Mientras que nosotros vamos limpios como el agua, vemos a nuestro alrededor la mayor suciedad posible. Eso lo he visto: gente que va de despacho en despacho, de mesa en mesa, guiñando un ojo para revelar con esa insinuación malévola lo que hace mal el de la mesa de al lado, y así todas las mesas, mientras que él se mantiene en medio, perfecto, incontaminado, viendo cómo, en su descripción insinuante, su propio periódico se encenaga y se va al garete. Él no se siente parte del garete.” Lo malo, me atrevo a apostillar, es que ese tipo de secuaces (porque siempre lo son de alguien) sobreviven a mil tornados y si hay fortuna y el vendaval se los lleva lejos, viene otro similar a ocupar su puesto.
   “Y qué historia vivir después de las grandes noticias, rellenar el silencio de lo que pasa en el lado de acá de los periódicos, cuando ya eres sólo la persona que trata de dormir ahuyentando los malos sueños reales, los que te afectan a ti, la realidad de veras, no la que sucede ahí fuera.” Seguro que quedan muchas historias por vivir a ese periodista impenitente que es Juan Cruz, seguro que las seguirá contando, sería contradictorio que hiciese lo contrario después de lo que expone en Un golpe de vida, el libro que, confiesa, más le ha dolido escribir pero, precisamente por ello, considera lo más verdadero que ha publicado nunca; pero no existen dudas, él mismo lo deja claro: “A lo largo de mi vida como periodista (…), la [metáfora] del todoterreno me ha continuado persiguiendo como una denominación maldita, pues tiene que ver con mi falta de preparación para grandes cosas en el oficio: un todoterreno escribe de todo lo que le dicen, no de todo lo que sabe, por esa razón hice tantas entrevistas, las sigo haciendo, porque un todoterreno pregunta y escucha, mientras que alguien que sabe comenta, dictamina, explica; yo no sé explicar porque no sé razonar, indagar, sólo pregunto (…)”. Y en eso andamos, querido, preguntando y preguntándonos, buscando palabras.

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