miércoles, 9 de agosto de 2017

DONDE SEVILLA CUIDABA SUS DALIAS (Y LAS MALDECÍA)



  


 El reciente fallecimiento de Paquita Rico me llevó a revisar su inolvidable éxito, todo un hito, ¿Dónde vas, Alfonso XII?, película con mayores empaque y solvencia que muchas superproducciones del momento (y anteriores y posteriores), cinta sorprendente (para lo que solía estilarse en general en lo que a cine histórico se refiere -mientras los filmes sobre Sissi protagonizados por Romy Schneider chorrean almíbar y deforman los hechos, aquí la cursilería asoma lo justo y se evita el trazo grueso y unidimensional- pero sobre todo para lo que se pregonaba y promocionaba como historia de amor, poniendo el acento en ese aspecto en los propios créditos) porque centra más su peripecia en los aspectos políticos, en los intereses de unos y otros para que el matrimonio entre el monarca y María de las Mercedes se celebre o no, en las rencillas entre familias y países que tanto tenían que decir (y tanto influían) a la hora de los matrimonios reales; por supuesto que el amor legendario (¿Cómo no iba a serlo si era ejemplo de que también los reyes podían casarse por amor -"como los pobres"-?) que ha llegado a nuestros días en los libros de Historia (porque ahí está como algo confirmado, documentado y sucedido), pero sobre todo gracias a los cantos populares, a los juegos de niños (que, con todo el candor del mundo, corean en la plaza “Ya Mercedes está muerta, / muerta está, que yo la vi, / cuatro duques la llevaban /por las calles de Madrid”) y, por supuesto, al Romance de la Reina Mercedes de Quintero, León y Quiroga, claro que el apasionado y trágico amor entre el hijo de Isabel II y su prima hermana es el eje en torno a cual gira la narración cinematográfica (y que tantas lágrimas hacía correr, elemento clave para su triunfo), pero la base histórica es impecable y hace un dibujo preciso de los personajes, de ahí que sea básico atender a la época, a las circunstancias que se vivían, a los condicionantes de cada uno para actuar de una forma u otra, a lo sucedido en el pasado, todo mientras Alfonso y Mercedes viven ese idilio de amor que, diga lo que diga la copla, no nació en Sevilla sino en Francia, aunque fuese en la ciudad andaluza donde cristalizase, se afianzase y se impusiera a la voluntad de Isabel II, enemiga acérrima de su cuñado (y viceversa), ese duque de Montpensier (hijo de Luis Felipe I de Francia) que nunca dejó de soñar con el trono español. Y esto me llevó a recordar que, como tantos, había un libro esperando su turno (aunque sólo unos meses, mientras que muchos lo hacen por años) y que, tal vez, puesto que volvía a tener a los personajes frescos, era el momento adecuado para abrirlo y conocer La maldición de los Montpensier, novela editada por Algaida que valió a Francisco Robles el II Premio Internacional Solar de Samaniego.
   Conviene aclarar que María de las Mercedes no tiene papel en esta historia, es apenas una mención (o dos o tres, pero salvo para hacerse eco de su temprana y dramática muerte dos días después de cumplir dieciocho años sólo es un nombre dicho aquí y allá), porque lo que aquí se narra es la vida de su madre, la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, estamos ante una especie de memorias apócrifas en las que la hermana de Isabel II va rememorando los tejemanejes que la convirtieron en esposa de Antonio de Orleans (contrayendo matrimonio en la misma ceremonia en que lo hizo la Reina), cómo se vieron obligados a huir de Francia tras la Revolución de 1848 (dejada atrás por su esposo, embarazada, extraña y extranjera en aquella Corte, dependiendo de la amabilidad de los desconocidos -y enemigos políticos- para llegar a un lugar en que estar a salvo y reunirse con el duque), cómo tras un tiempo en Inglaterra (donde nunca fueron bien recibidos puesto que su boda fue un golpe de mano francés y una traición a lo anteriormente pactado con la Reina Victoria) llegaron a España un tanto por la puerta de atrás y, para quitárselos de en medio (sobre todo a la amenaza que el francés suponía), los enviaron a Sevilla, ciudad que los acogió con algarabía (aunque después les volverían la espalda, el pueblo siempre voluble y veleidoso -o manejado por los poderosos-, las voces de la calle espléndidamente recogidas en la novela, tanto las que asisten a la doble boda real en Madrid como las revolucionarias en Francia o las de doble filo sevillanas) y en la que instalaron sus reales (nunca mejor dicho) en el Palacio de San Telmo (tras residir brevemente en el Alcázar), lugar que sería llamado la Corte Chica, lugar al que la infanta atribuye esa maldición que tal vez lleve su marido en la sangre pero que ella cree se ha agudizado y cernido sin remisión sobre ellos y cualquiera que pise ese edificio (Bécquer estudió allí cuando era la sede del Colegio Naval Militar y Luisa Fernanda atribuye su destino trágico al influjo de aquellas piedras). Hablo de una especie de memorias porque Francisco Robles hace confluir diferentes voces narrativas con soltura y eficacia, construyendo un relato polifónico en el que la voz la infanta tiene lucimiento de solista pero que pasa con suma naturalidad de la primera a la tercera persona, jugando con los tiempos, rompiendo la cronología, multiplicando los escenarios, consiguiendo un ritmo implacable que incluso sume en el misterio hechos conocidos gracias a los libros de Historia, dando una visión panorámica y muy completa de parte del siglo XIX a través del personaje que se erige como columna vertebral de la novela.
   En algunos momentos se hace inevitable rememorar Noticias del Imperio de Fernando del Paso puesto que Luisa Fernanda delira con la misma verborrea que lo hacía Carlota de México en aquella monumental y prodigiosa obra, hablando con sus fantasmas, confundiendo realidad y pesadillas, fuera del tiempo, aunque lo que allí era torrencial y un tanto alucinógeno aquí es mesura, tiene una cadencia que no se quiebra, acompasa a la perfección pasajes muy diferentes (por eso a veces no somos conscientes de que la voz narradora ha cambiado, el trasvase no cuesta, es un solo cauce), mezcla las piezas con pericia y sin hacer alarde para que leer sea muy fácil y gozoso (pero uno no puede dejar de, por ejemplo, pasmarse ante el modo en que rompe lo que podía resultar un tanto monótono -el informe médico que aparece en el tramo final- para imprimir velocidad y emoción a base de describir simultáneamente las reacciones de diferentes lectores del mismo, por más que éstas ocurran en momentos distintos y con varios días de diferencia). Se percibe la erudición (hay guiños literarios que son destellos de ingenio para quien los capte, momentos de prosa cuidada y sin oscurantismos para los demás), el trabajo documental, el conocimiento de lo tratado, pero Francisco Robles jamás se pone por encima del lector u obliga a éste a llegar con la lección aprendida porque todo lo necesario, todo lo útil, todo lo que ayuda a una mejor comprensión de personajes y hechos está explicado sin necesidad de llenar páginas con fechas, datos y parrafadas sesudas y faltas de pasión, porque el autor no pretende demostrar en cada página lo que sabe sino contar una historia siendo fiel a la que se escribe con mayúsculas pero con alma de novelista, permitiéndose licencias, recuperando leyendas (no podía ser de otro modo cuando Bécquer entra en juego aunque sea episódicamente), reinterpretando hechos, variando la letra al romance que nuestras madres canturreaban porque fabulaba en exceso (y, para colmo, con abundancia de diminutivos –“Merceditas”, “Alfonsito”, “lo mismo que una lamparita”, “las rosas que había en su carita”- y con frases un tanto misóginas –“¿Por qué te vas de mis redes de la noche a la mañana?”, “¡Adiós, princesita hermosa, que ya besarme no puedes!”, “te vas camino del cielo sin un hijo que te herede”-), en definitiva, consiguiendo una novela convulsa por vívida, por apasionante, por arrebatadora, porque no da tregua.   

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