lunes, 18 de septiembre de 2017

LA VIDA DESORDENADA DE HANNE WILHENSEN






  En unos días escribiré sobre la última novela de Charlotte Link publicada en España y reproduciré parte de lo hablado durante un encuentro entre la autora y algo más de una decena de blogueros (aunque yo no me tengo por tal, no por elitismo ni prepotencia, sino porque mi propensión a frases eternas y parrafadas sin freno ni final se aleja bastante de lo que suele considerarse de ese modo -pero agradezco la deferencia y la invitación, por eso acudí encantado-), pero me sirve como prólogo algo de lo sucedido allí cuando se le preguntó por qué nunca repetían personaje ni iniciaba una saga, algo tan habitual (y que de un tiempo a esta parte parece obligatorio) en el variopinto mundo de lo que solemos denominar género negro; mientras ella decía que es algo que no le ha interesado nunca, plantearse una continuidad temática o diseminar una trama principal a lo largo de varios títulos o mantener un investigador de cabecera, alguien suspiró ostentosamente y dijo “menos mal”, saturación que en parte un servidor puede compartir, sobre todo cuando hay que seguir un orden riguroso que suele convertirse en una rémora cuando, de repente, topas con una novela que te apetece pero si desconoces el contenido de los tomos previos puede que te pierdas (o así suceda inevitablemente) o tienes que entrevistar a un autor por un título en concreto pero no sabes de dónde viene la historia (sí, uno nunca se cansa de leer en general, de su género preferido en particular, pero, no me cansaré de repetirlo/lamentarme, se publica demasiado y, en general, con poco criterio, por llenar estanterías, por seguir la estela, por intentar imitar éxitos anteriores propios o ajenos). Empezando por esto último (que no por dicho entre paréntesis se pretende prescindible), criterio no puede negársele, sino todo lo contrario, a Roja y Negra, colección que cuida su catálogo y mima a sus lectores, atendiendo a autores consagrados y a nuevos valores (y dando en la diana con gran parte de sus apuestas), rellenando huecos, completando series, alimentando la voracidad de algunos, satisfaciendo la curiosidad de los aficionados; así, hace poco más de cuatro años que descubrí a Anne Holt gracias a 1222, octava ocasión en que recurría a su personaje más popular, Hanne Wilhensen, y me lamentaba de que, en aquel momento, tan sólo las dos primeras novelas de la serie estuviesen traducidas al castellano (https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2013/09/un-frio-acogedor.html?m=0), aunque la publicada en ese momento por Roja y Negra se comprendía a la perfección e, incluso, ese pasado desconocido de la protagonista aportaba penumbras e inquietud, a ratos era como una amenaza cuyas consecuencias, precisamente por ignorarlo, eran totalmente imprevisibles en el ánimo (o falta del mismo) de Hanne quien, además (y como algo excepcional según he descubierto después), ejercía como narradora llena de rencor hacia cualquiera, empezando por ella misma y siendo inmisericorde con conocidos y desconocidos (y consigo, por supuesto). No me voy a atribuir ningún mérito, pero gusta pensar que se escucha a los lectores (imagino que no seré el único que lo ha reclamado o suplicado, que se ha interesado por “cuándo tendremos más de Anne Holt”) y se da la circunstancia de que, con la aparición hace unos meses de Más allá de la verdad (con traducción de Lotte Katrine Tollefsen), la colección ha conseguido que el fan español pueda tener acceso a todas las historias que permanecían inéditas en nuestro país, preludio perfecto a la publicación del regreso de Hanne Wilhensen tras siete años de silencio (1222 se presentó en Noruega en 2007 y Offline -que anhelamos poder leer muy pronto y, por supuesto, hacerle un hueco en este ángulo oscuro del salón- lo hizo en 2015).
   Y volví a pensar en lo de las series porque, en ese maravilloso caos que es la vida del lector -y más cuando se da cuenta de lo leído en lugares como este arpa-, no crean que en este tiempo he hecho los deberes y tan sólo leí La diosa ciega con la que, en 1993 (tardó en llegar y aún lo ha hecho más en implantarse por estos lares -de hecho, la que nos ocupa fue novedad hace catorce años en su país de origen-), Anne Holt daba a conocer a esta detective de policía de presencia imponente y enorme perspicacia, tendente a la misantropía, de trato muy complicado (como lo somos la gran mayoría), montaña rusa de emociones, ciclotímica podría decirse por vocación (o por empeño), desarrollando una empatía con las víctimas o personas afectadas por los crímenes que investiga que no suele regalar a sus personas más allegadas, absorbida (casi abducida) por su trabajo, un personaje que sirve a su creadora para hacer militancia, para desterrar prejuicios, para transmitir la realidad de una lesbiana en un mundo (¿Cuál no lo ha sido durante siglos? ¿Cuál no lo sigue siendo, por desgracia?) tradicionalmente masculino (por no decir misógino), insertando sin ambages ni retruécanos el aspecto íntimo, alejada de estereotipos o proselitismos. Pero, puesto que cada investigación es plenamente independiente (como las de Poirot, Maigret u otros clásicos -y contemporáneos-), saltarse el orden y descolocar el edificio (y miren que uno siempre suele optar por lo contrario incluso en las series en las que no hay ningún tipo de conexión entre las historias) aporta una emoción extra en el caso de Hanne Wilhensen porque uno se pregunta en qué momento de su vida la encontrará, con qué fantasmas andará lidiando en ese momento, no importa que conozcamos ciertos datos si leemos el tomo séptimo antes que el cuarto, ir reconstruyendo el puzle ayuda a implicarse más con el personaje, a estar más pendiente de su evolución, a escudriñar entre las sombras, incluso a no resolver ciertas incógnitas (porque no afectan al desarrollo concreto de la investigación en curso y, por lo tanto, quedan al fondo, minando, escociendo, doliendo a quien vivió esas experiencias cuya nefasta influencia no deja de sentir la detective -que, si es necesario, aparecerán pormenorizadas en el momento adecuado, para eso hay que ir proveyéndose del resto de libros-).
   Más allá de la verdad presenta un enigma muy enrevesado que Holt va desentrañando con su pericia habitual, confundiéndonos cuando conviene sin recurrir a trucos abracadabrantes que son sólo eso (es decir, trucos), haciendo tan apasionante o más la investigación en sí en torno a las víctimas (es decir, quiénes son y por qué están muertas) como la resolución del clásico “¿quién lo hizo?”, prestando suma atención a la psicología de su protagonista, convirtiendo las páginas que podríamos decir domésticas (para diferenciar de las policiacas) en apasionantes, consiguiendo una total comunión entre ambas facetas y sin que ningún episodio resulte prescindible (el espléndido prólogo con el perro callejero es un claro ejemplo, porque, si me apuran, lo menos importante en esas cuantas páginas que en algunas líneas conmueven al más templado -siempre que ame a los animales, por supuesto- es que concluyan con el descubrimiento de los cadáveres), dando prioridad en cada momento a lo necesario para que el conjunto no se resienta, sin que, como sucede más de lo debido por ahí (y no diré nombres), el misterio planteado sea una excusa para hablar de otras cosas o se utilice como mero soporte o como medio para las pretenciosidades del autor. Y, eso sí, teorizando, meditando, profundizando en la labor que su personaje desempeña, haciéndola más cínica, desencantándola, arrinconándola anímicamente con el paso de los años: “Para Hanne Wilhensen, la profesión de policía era bastante triste. Le gustaba su trabajo, creía que tenía algún sentido y en ocasiones hasta resultaba satisfactorio, pero hacía muchos años que no sentía nada que recordara a entusiasmo o felicidad. La labor policial consistía básicamente en encontrar la verdad en una realidad cada vez más compleja, donde tal vez nada era ya del todo verdad o mentira”.   

jueves, 14 de septiembre de 2017

EL ANTERIORMENTE CONOCIDO COMO PROGRAMA 96



   Lo planificamos como un programa más, como el primero de la tercera temporada, el que hubiese hecho el número 96 en la historia de Destino: Wonderland, así se nos indicó antes del parón estival, lo hicimos fundamentalmente, como tantas veces, por amor al teatro, porque nada mejor que regresar hablando de algo que adoramos, lo conseguimos gracias a la inestimable colaboración de un jefe de prensa (Daniel Mejías) que valora a las personas por su trabajo y no los confunde o identifica con los medios a los que representan, fue posible gracias a la generosidad de actores volcados y comprometidos con su trabajo, eso que estrenaban pocas horas después, pero ninguno se marchó sin atender a todos los que querían charlar un rato con ellos y, sin embargo, esos testimonios, ese material impagable, ese compromiso personal con El cíclope y otras rarezas de amor hubiese quedado sin cumplir (aunque ya nos hubiéramos ocupado de la función en este blog), esas (estas) entrevistas hubiesen quedado inéditas puesto que las cosas han cambiado bastante en la radio casi de un día para otro, cuando ya habíamos pedido día y hora de estudio, cuando todo estaba en marcha, pero, honestamente, son miserias de este oficio periodístico que ahora no me apetece traer aquí y que quedan para otro momento (¿De verdad piensan que guardaré silencio? Si no lo he estado en otros momentos, ¡figúrate ahora que no tengo nada que perder (recordaré o informaré a quien no lo sepa que jamás hemos recibido ni un euro por nuestra labor en Onda Arcoiris)! Pero, como digo, hablemos de teatro que es lo mejor: hasta el próximo domingo 17 pueden ver la función en los Teatros del Canal (si lo desean, pueden encontrar más información al respecto en la tonada del arpa a la que antes me refería: https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2017/08/pero-el-amor-esa-palabra.html) y después comienza la gira (técnicamente, continúa aunque sólo hubiese habido una representación antes del estreno de Madrid) que, de momento, tiene confirmadas plazas como Valencia, Bilbao o Torrent. La obra de Ignasi Vidal, quien también la dirige, recibe el aliento de Rayuela de Cortázar, ese magnífico y siempre sorprendente viaje literario y emocional, su acertada escenografía reproduce el juego infantil, sus personajes se mueven por azar (aunque con una coreografía muy definida y estudiada), o así podría parecer, en asuntos amorosos no debe darse nada por sentado ni sabido ni establecido. Lo demás, lo que puede contarse sin desentrañar todo el misterio (aunque cada espectador lo hará a su modo), sin afirmaciones categóricas ni reproducción de esquemas, sin dejar de interrogarnos, que lo cuenten cuatro de sus cinco intérpretes, con los que Pablo Vilaboy y un servidor tuvimos el placer y el honor de compartir una mañana de agosto.

   
   Muy popular gracias a series como Bandolera, Amar es para siempre o Velvet, Sara Rivero es Paz, alguien que ha idealizado el amor sin medida, creyendo en el viejo (y perverso) cuento del príncipe azul (o de la media naranja), que tiene un esquema en la cabeza y busca con quién encaja:



    

   
   El todoterreno Daniel Freire encarna a Sergio, malherido por una historia que ha terminado fatal, desconfiado ante la posibilidad de nuevos latigazos o de que llueva sobre mojado, escéptico al menos en apariencia:





   Manuel Baqueiro, el único intérprete (junto a Itziar Miranda y José Antonio Sayagués) que permanece desde el primer capítulo en la serie que comenzó a emitirse en 2005 como Amar en tiempos revueltos y desde 2013 se titula Amar es para siempre (tras el cambio de canal, de TVE a Antena 3), da vida en la función a Pedro, incapaz de tomar decisiones definitivas, sembrando la infelicidad, la duda, el miedo, negando y negándose oportunidades:





   Eva Isanta cambia su registro más habitual y que tanta popularidad le ha dado para hacerse cargo de Marta, mujer que anhela amar en plenitud y sentirse correspondida, alguien que no puede evitar rebelarse cuando le vienen con sublimaciones y estereotipos trasnochados y, sobre todo, falsos:


   Y esto fue todo por hoy (¿por el momento?) “Destino: Wonderland”, tal vez una especie de bonus track, el tiempo lo dirá, pero era una lástima desperdiciar el talento y la amabilidad de invitados de semejante calibre.

jueves, 7 de septiembre de 2017

SABOR AMARGO (O NO TANTO)



  




 Fue José Luis García Sánchez, ya lo he contado en otras ocasiones, quien, al final de una entrevista sobre Tranvía a la Malvarrosa en mi añorada Cita a las dos de Radio Intercontinental junto al maestro Miguel Ángel Yáñez, agradeciendo mis palabras elogiosas (me pareció -a pesar de un flojísimo Liberto Rabal, pétreo e incapaz de transmitir alguna emoción- un filme muy simpático y bien llevado, con momentos memorables -Galiardo con el Cristo a cuestas en el burdel: “¡Apartad, putas!”- y un estupendo Sergio Villanueva), soltó una sonora carcajada y se regocijó: “Pues si eso me lo dice un crítico feroz como tú es que no lo he hecho mal”. No sé si alguien le había advertido sobre mí o fue una broma que le brotó en el momento (o algo que pensaba porque me hubiese escuchado en otras ocasiones), el caso es que yo también me reí aunque me sorprendí un poco porque, al menos en aquel momento no me tenía por tal (y eso que omití que la novela de Manuel Vicent en la que se inspiraba la película me había parecido un tanto cansina e irregular -al fin y al cabo, él no tenía la culpa-). No es que ahora piense que lo soy (feroz), al menos no es mi intención, no afilo el colmillo antes de ponerme a escribir (tampoco lo hacía frente al micrófono o la cámara -aunque ahí todo dependía de lo que decretase aquel que manipulaba el programa en beneficio propio y a eso lo llamaba dirigir y pluralidad-), es cierto que con la experiencia, el ritmo de visionado (o lectura), la posibilidad de analizar transversalmente, la permanente curiosidad, vivirlo como una afición, como una pasión, como una diversión pero también como un trabajo, como una permanente dedicación profesional (aunque sea en casa), con la edad, ¿por qué decir lo contrario?, me he vuelto más exigente, menos complaciente, sobre todo rehúyo esa democratización de la crítica que a cualquiera da título y tribuna para ejercerla (o afirmar que la ejerce), que no niego como expresión popular, como posibilidad de los espectadores de comentar y aplaudir o abuchear o simplemente ignorar, pero que hay poner en su lugar y no mezclar ni mucho menos sustituir a lo que se viene llamando crítica especializada (ese cartel de Verónica de Paco Plaza con frases recogidas en Twitter, algunas con tanto calado como “es la polla”). Reconozco que a veces me dejo llevar por la visceralidad, pero creo que siempre he sido capaz de argumentar y justificar mis comentarios más desabridos y desatados, si bien es cierto que el periodista ha ido ganando la batalla al mero espectador (en lo que a redes sociales se refiere -no sé por qué lo escribo en plural cuando sólo utilizo Facebook-) y en los últimos tiempos he ido rebajando un poco el tono, incluso aunque haya pagado una entrada y pueda sentirme un tanto estafado (ese es uno de los matices por los que fui agriando mis comentarios, pero poco a poco he ido equilibrando ambos extremos, no niego que me escuece como muchos a los que se tiene por expertos y/o profesionales -a pesar de sus constantes meteduras de pata y desconocimiento probado de la materia- pontifican e incluso insultan al público, se ríen de él sin recato, le advierten y amonestan, olvidando que hay que pasar por taquilla -como ellos ven gratis prácticamente todo el cine que consumen, se permiten ser jactanciosos y elitistas o directamente estúpidos, no hay más que darse una vuelta por ciertas páginas de la red para comprobarlo-).
   El caso es que creo que nunca he dedicado una entrada en el blog a hablar de un libro o una obra de teatro que no me haya gustado (otra cosa es Celuloide en vena cuando lo dedicaba a hacer crítica -ahora la he dejado un poco de lado, en parte saturado por tantos años en el oficio con el cine como asunto principal y desencantado con el modo en que se lleva a cabo, con honrosísimas excepciones-), puede que a lo largo de un texto (que bien saben los fieles suelen ser más bien extensos, sobre todo para lo que impera por aquí) lance una o veinte andanadas, hable del aburrimiento que me provocó aquella novela o de ese autor al que nunca regresaré porque ya he tenido bastante con lo sufrido hasta el momento (sí, pueden poner el nombre de Javier Marías en la línea de puntos si lo desean, aunque escríbanlo con letra minúscula porque hay que dejar espacio para otros), pero en general suelo escoger títulos que me hayan motivado, hecho pensar y/o recordar, que me hayan entretenido, que me resulten interesantes, me gusta compartir el entusiasmo lector, no todo tienen que ser obras que se perciben como maestras, no hay que tender a la excelencia, hay muchos matices y muchos estadios entre lo que, como Umbral, lanzamos a la piscina (o condenamos a la hoguera cervantina o a la chimenea de Pepe Carvalho -aunque no sería capaz de eso ni con el libro más odiado, se le regala a un enemigo y listo, que lo liquide otro-) o encumbramos a lo más alto, ese Olimpo en que glorificar esas lecturas que, de una forma u otra, transforman nuestra vida y la hacen más grata. Pero hablar sólo de lo que, en términos generales, parece bien puede confundir a las personas que amablemente están atentas a esta especie de diario de lector y espectador teatral en que ha devenido este blog (aunque sea para hacer lo contrario a aquello a lo que uno pretende invitar) porque diríase que, con mayor o menor intensidad, todo lo que se lee o ve en escena gusta, no se desarrolla ni explica un criterio si no se incluyen las sombras, los desencantos, las decepciones, los agobios, las malas experiencias o, como en este caso concreto, las amarguras cuando algo que esperabas con ansia y en lo que te sumerges con ahínco anticipando el disfrute que no aparece con la intensidad anhelada sino sólo a rachas.
   Aun así, por empezar por lo positivo, uno se conformaría con que muchas de las novelas que empieza (y no termina -hay tanto a lo que atender que, más allá de cierto límite, no conviene perder el tiempo- o lo hace entre bostezos, lectura obligatoria para afrontar una entrevista -algo que antes, con la radio, se daba más veces de las deseadas-) tuviesen las mismas páginas plenas de calidad y absolutamente absorbentes que Perros que duermen, el por el momento último título que Juan Madrid ha dado a la imprenta y que Alianza Editorial publicó hace unos meses. Magníficamente narrada en varios tiempos que se alternan con claridad y sin confundir, hurtando los datos precisos para que el lector sienta la necesidad de encontrar respuestas a varios interrogantes, la novela es un homenaje, un ajuste de cuentas, un borbotón que llevaba tiempo dando vueltas y el escritor contenía o abortaba hasta que, en un momento de máxima madurez como creador y contador de historias, Juan Madrid ha creído que llegaba el momento adecuado para presentar una de sus novelas más complejas a nivel estructural y más elaboradas por lo que de recreación histórica tiene. Y ahí es donde, paradójicamente, uno encuentra lo que más le satisface y lo que más le cansa de la obra: por un lado, vuelve a demostrar su maestría a la hora de crear atmósferas, sólo con un par de detalles reproduce el frío, los paisajes desangelados y oscuros, la sordidez, la amenaza sorda y constante, la opresión ominosa del Burgos de 1938; es maravilloso y emocionante (se lo escuché contar a mi abuela, aún lo hace la tía cuando la enfermedad la deja tranquila, mi madre no deja de leer libros sobre la ciudad y de apabullarme con infinidad de datos a la que tiene ocasión) cómo describe y nos hace vivir el Madrid de 1945, el dibujo preciso que hace de sus calles, de sus gentes, de sus sonidos, de sus edificios; sin embargo, en parte porque un servidor nunca se ha sentido especialmente atraído por ese tipo de literatura (motivo por el que, por ejemplo y a pesar del entusiasmo sentido con la versión fílmica -o con la que le dejaron estrenar- que de ella hizo Terrence Malick, y de lo mucho que me han gustado otras obras de su autor, aún no he leído La delgada línea roja de James Jones), la meticulosa descripción que hace de la Defensa de Madrid y otras vicisitudes bélicas vividas por uno de los personajes durante la Guerra Civil (por más que se comprenda que se detiene en ello y le dedica muchas páginas con un afán de justicia, de poner los puntos sobre las íes, de completar la Historia, de dar voz a los que no la tuvieron en su momento) supone un cierto lastre en una narración que avanza con sosiego pero sin pausa, que sin precipitarse mantiene un ritmo implícito muy bien medido y que tanta descripción bélica detiene en exceso. Aunque el conjunto resulta muy bien armado y Perros que ladran deja bien probada su solidez, uno no ha podido evitar cierto sabor amargo pero, a pesar de todo, creo que al final no he sido tan crítico feroz como yo mismo podía temer (y es que es imposible no rendirse ante un escritor de la talla de Juan Madrid).