viernes, 17 de noviembre de 2017

EL MUSICAL SE CANTA EN FEMENINO






  Viajar a Londres es un anhelo constante, más ahora porque la economía no lo permite con la misma asiduidad que antes (en realidad, desde hace un tiempo lo imposibilita, ya menguaron demasiado o se agotaron los ahorros y los que quedan hay que dedicarlos a gastos inevitables -sí, nos hemos consentido alguna locura que otra en estos años, pero bien que nos hemos privado de muchas cosas para poder hacerlo-), siempre quedan sitios por conocer, la mayoría de los visitados reclaman nueva o mayor atención, es una ciudad que siempre apetece, esta razón puramente egoísta lleva a mirar con malísimos ojos (y no comprender) el abstruso asunto del Brexit, por más que los ingleses sean tan particulares, es parte de su encanto (porque, eso sí, gustan para visitarlos, para pasar unos días, para poder echarlos de menos y, como se dice, desear el regreso que en este caso -lo siento, Gardel- se quiere y mucho), el atractivo turístico reside en gran medida en la posibilidad de hacer una inmersión en un universo que hemos sublimado gracias a películas y series de televisión, y, claro, además (fundamentalmente) está esa cartelera teatral ante la que los ojos hacen chiribitas que dejan en nada a las inimitables de Marujita Díaz, ante la que el pulso se acelera llegando a límites peligrosos, ante la que extasiarse una y cien veces, razón principal que obliga (invita, tienta o anima, aunque no hace falta mucho para ello, serían verbos más adecuados) a regresar porque van llegando nuevos espectáculos tan apetecibles (y en un porcentaje muy alto, fabulosos) como los ya disfrutados. Y uno de nuestros máximos sueños desde hace ya varios años (sobre todo desde que se repuso Carrusel, el único musical de Rodgers y Hammerstein que nos desagrada) era que El rey y yo regresara a Londres (desde que empezamos a viajar asiduamente, sólo tengo registrada una breve temporada en el Royal Albert Hall en junio de 2009 -y por allí anduvimos poco después, empezando julio, mis compromisos laborales no permitieron cuadrar más fechas que aquellas en que, y no hay quejas por ello, gozamos con A Little Night Music y Sister Act, al margen de ver a Helen Mirren como Fedra en el National Theatre-), más aún desde que su reposición en Broadway en 2015 supuso para la soberbia Kelli O´Hara el Tony que le había sido negado en cinco ocasiones anteriores y hoy empezaron a llegar notificaciones de las páginas que hemos utilizado en otras ocasiones en que se anunciaba que salían a la venta las entradas para El rey y yo, transferido desde Broadway con la mismísima O´Hara y Ken Watanabe como cabeceras de cartel. ¡Ay, si los hados, la fortuna, el mercado laboral, lo que deba ser se pusiesen un poco de nuestro lado! Nunca se ha exigido demasiado, sólo un trabajo mínimamente remunerado y con cierta continuidad, aunque no importa si hay que recurrir (de hecho, se buscan, proponen, reclaman, pero ni por esas) a colaboraciones aquí, allá y donde sea, como las hormiguitas, sumando de esto y de lo otro, nunca ha importado qué, cómo o dónde, el caso es poder considerarse empleados (porque activos, como contraposición al feo término “parados”, hemos seguido estando, a la vista ha estado y está).
   Por eso, y porque Pablo tuvo y puso el empeño en que yo regresase al micrófono, a un estudio de radio no como invitado para hablar de nuestros libros sino como profesional, nació Destino: Wonderland, como escaparate, para que constase que se seguía aquí (que en seguida hay quien se convence de que lo has dejado, de que ha sido decisión propia), como el mejor currículum posible, como actividad y actualidad que ofrecer a cualquier empleador (si es que los hay que, perdón por la escéptica generalización, uno empieza a dudarlo seriamente -al margen, claro, de poetas hueros y demás intrusos y enchufados que ni con agua caliente despegan sus ventosas-), como posibilidad real de continuar en y con el oficio, hablando de nuestras pasiones, compartiéndolas con aquellos que las hacen posibles, es decir, actores, cantantes, escritores, directores, artistas, cómplices generosos que apoyaron y elevaron el proyecto (sin olvidar la inestimable y necesaria colaboración de jefes de prensa que no atienden a índices de audiencia o número de oyentes certificados -o dado por bueno- sino a quiénes van a hacer la entrevista), así, durante casi cien programas reunimos un elenco de primeras figuras, amigos de los que nunca fallan y a los que se puede considerar de ese modo con todas las letras y todo el afecto, gente que respondía con cordialidad y sin titubeos ni pegas (más allá de las lógicas de horarios, traslados, rodajes y funciones), todo un lujo y un disfrute hacer radio junto a Pablo de nuevo y vivir momentos sencillamente mágicos con, por ejemplo, Marta Valverde (y su hermana Loreto y su sobrina Judith), Juan Carlos Rubio, Bibiana Fernández, Antonia San Juan, Armando Pita, Inma Mira, Víctor Ullate Roche, Andrés Arenas, Daniel Grao, Silvia Gambino, Luis Ramiro, Edith Salazar, Alberto Vázquez, Carlos Hipólito, Carmen Conesa, Natalia Millán, Maribel Verdú, Carmen Machi, Ainhoa Cantalapiedra, Conchita, Marta Ribera, Christian Rodríguez, Paco Cabezas, la lista es casi interminable, para aquellos que no conozcan el programa o para los que quieran repetir o buscar los podcasts que no escucharon, pueden encontrar todos en el siguiente enlace: http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/autor/708-destinowonderland. Y llegó a su fin abruptamente, ya lo anticipé en septiembre cuando recuperé para este blog las entrevistas grabadas para el que tendría que haber sido primer programa de la tercera temporada, ese que nunca llegó, aquel para el que nos reunimos con Daniel Freire, Eva Isanta, Manu Baqueiro y Sara Rivero, ya conté alguna cosa más por Facebook que ahora no me apetece repetir, el caso que Wonderland sigue en nuestros corazones, seguimos habitándolo, pero por el momento sólo para nosotros.
   Y aunque pudiera parecer que este segundo párrafo tiene poco o nada que ver con el primero, en realidad están muy relacionados porque la noticia antes comentada del desembarco londinense del montaje de El rey y yo galardonado en Broadway se sumó a uno de los muchos recuerdos que en este tiempo vengo recuperando de la fructífera historia de Destino: Wonderland, aquel de la visita de las intérpretes del divertidísimo y meritorio espectáculo El lamento de las divas, aquel en que nos enzarzamos en una discusión (tal vez un poco más violenta de lo deseable, sobre todo porque no nos dimos demasiada posibilidad de réplica, porque no hubo intención de escuchar los argumentos dados -o que se intentaron aportar-, porque el asunto hubiese merecido más tiempo) sobre los roles femeninos del musical, algo que, con indudable gracia y portentosas facultades, reivindicaban en escena el trío de artistas pero que, hablando como espectadores amantes del género, como forofos de tantas grandes señoras que lo han hecho inmortal, parecía una queja un tanto injusta que, por otro lado, al convertirse en el centro distorsionaba un poco el (necesario) discurso que todavía hay que esgrimir para reclamar la que debería ser imprescindible igualdad laboral. Y es que nos pareció que las artistas hacían una relectura muy parcial y exacerbada de personajes que se antojan fabulosos, que confieren categoría de estrella, que se transforman en favoritos del público, que proporcionan fama, brillo e inmortalidad, que maltratar con ojos del siglo XXI a, por ejemplo, la Christine de El fantasma de la Ópera o la Fantine de Los Miserables (como también se hace con Emma Bovary, Ana Ozores, su tocaya la Karenina, personajes fascinantes más allá de ser hijas de su época -aunque las intenciones de sus autores no estén teñidas de la misoginia de que a veces se les acusa, no creo que Fermín de Pas o Karenin salgan bien o mejor parados en el modo en que son retratados y, si se quiere, juzgados por sus creadores-), calificarlas de cursis o de pobres desgraciadas es decir muy poco de ellas, degradarlas, obviar que sus temas son los que más se tararean y recuerdan, que, sin ir más lejos, Lloyd Webber escribió la adaptación musical de la novela de Gaston Leroux a mayor gloria de Sarah Brightman con una partitura endiablada que deja en pañales a la parte del personaje que da título a la historia, que considerar en bloque que los roles apetecibles se los llevan los hombres supone cargarse de un plumazo a Sally Bowles, Mamá Rose, Velma Kelly, Roxy Hart, Norma Desmond, Fräulein Maria, Elphaba, Glinda, María Magdalena (con la canción estelar), Grizabella (si canta Memory no sé qué más se puede desear), Eliza Doolittle, Mame, sólo se salvaba de la quema Eva Perón, Evita, según la más enterada (y la que no echaba ningún humor a la historia, no como sus compañeras) porque al menos da nombre al musical y centra la acción (¡Ay, hija mía, qué pasada de vueltas vas siempre!), y se quedaba tan ancha (bueno, lanzando unas miradas que mejor no recordar). Pues no sé qué dirían del asunto Liza Minnelli, Ethel Merman, Gwen Werdon, Chita Rivera, Patti Lupone, Mary Martin, Idina Menzel, Kristin Chenoweth, Yvonne Elliman, Elaine Page, Julie Andrews, Angela Lansbury, Glenn Close, Betty Buckley, Connie Fisher, Kerri Ellis, eso por no salirnos de los personajes citados y no venirnos a España (ya que, además, algunas de las posibles han sido nombradas en su paso por Destino: Wonderland), sin olvidar, por supuesto, a la protagonista de El rey y yo, Anna Leonowens (de cuyas memorias nació todo, primero novela, luego película, después musical, también convertido en película), escrito a la mayor gloria de Gerturde Lawrence, por más que saborease muy poco el triunfo puesto que un cáncer implacable pondría fin a su vida poco más de un año después del estreno, impidiéndole actuar en diferentes ocasiones, mermando sus enormes facultades casi desde el principio. ¿Cómo quedarnos sin sumar otra gran dama, otra artista imprescindible a la que ovacionar y jalear? ¡Kelli O´Hara, espéranos, por favor!   

miércoles, 15 de noviembre de 2017

UNA, DOS Y TRES (O UN, DOS, TRES)






   No voy a descubrir la pólvora si digo que leer un libro (si me apuran, el mero hecho de hojearlo, atender al texto de las solapas y/o la contraportada) supone hacer un viaje, vivir otras vidas, sumergirse en otra realidad, inventada o sólo en parte, romper las fronteras espaciales y temporales, pero en este caso concreto, al margen del experimentado gracias a un narrador que sabe, nunca mejor dicho, servir la historia (con mayúscula y minúscula), envolver con ella al lector, atraparle y llevarle hasta el final de un volumen de algo más de 900 páginas sin que el interés ni la emoción decaigan, el viaje ha adquirido un aspecto muy íntimo porque me ha hecho regresar a cuando descubrí a este autor y al momento en que leí, diría que con furor, la novela por la que siempre será recordado, la que batió (y lo sigue haciendo) récords de venta, la cima de su carrera, el título que le consolidó y le confirió una aureola de “escritor serio” que algunos le siguen negando y le negarán siempre, da igual qué y cómo escriba (algo, por cierto, que muchos de los que le denuestan desconocen o critican por alguna lectura que hicieron en el pasado, muy en el pasado). En realidad, por más que se promocione y conozca así, por más que el propio Ken Follett lo diga, Una columna de fuego (publicada en España, como el resto de su obra, por Plaza y Janés con traducción del colectivo Anuvela) no es una continuación en sentido estricto de Los pilares de la Tierra ni de Un mundo sin fin, como tampoco ésta es, por más que fuese anunciada así en su momento (y después), la segunda parte de aquella novela (de nuevo, nunca mejor dicho y con toda la polisemia posible) histórica por tantos motivos, la más leída en España según las encuestas de la Federación del Gremio de Editores al haber vendido seis millones de ejemplares, pero ese detalle (porque es lo que es, una matización, un precisar términos, un explicar a los nuevos lectores que no precisan conocer los hechos narrados anteriormente para sumergirse en Una columna de fuego) no afecta a su calidad, sino todo lo contrario porque le da entidad propia ya que supone una repetición, no es estirar el chicle, no es aprovechar glorias anteriores (y así lo demuestran/respaldan los lectores que, de haberse sentido estafados en su momento, no hubiesen recibido con tanto alborozo el novelón -no sólo por su tamaño, sino por su contenido- recién llegado ni hubiesen hecho al libro intermedio seguir la estela triunfal del primero -aunque determinadas cotas sean inalcanzables puesto que son más años de estar a la venta y no dejar de reimprimirse), no es hacer una trilogía por el mero hecho de que ahora parece que no conocemos otra opción posible en literatura o cine, es, como ya sucedía en Un mundo sin fin, regresar al escenario principal de Los pilares de la Tierra, Kingsbridge, situar a gran parte de sus personajes en torno a la catedral que vimos construir, pero la acción tiene lugar cuatro siglos después que en el primer volumen (utilicemos esta terminología para entendernos y no repetir tantas veces otra palabra) y dos después que en el segundo, la unidad queda clara pero cada libro se justifica por sí mismo y pueden leerse en el orden que se desee sin que eso afecte a su comprensión ni a su disfrute.
   Como tantas veces, y más cuando hablamos de la adolescencia (aunque no tenga claro qué años cubre ese periodo que, según el DRAE, “sigue a la niñez y precede a la juventud” -aunque tampoco aclara mucho con respecto a este término: “Periodo de la vida humana que precede inmediatamente a la madurez”-), descubrí a Ken Follett por el cine aunque tuve en mis manos un libro suyo sin ser consciente de ello, algo que sucedió a los catorce años, lo recuerdo perfectamente porque La isla de las tormentas es el número cuatro de aquella colección conocida como BestSellers Planeta y el primero (que se vendía junto al segundo -El cartero llama dos veces (sic)- en oferta de lanzamiento), que fue La chica del tambor de John Le Carré, apareció en los días anteriores a que nos fuésemos de viaje de fin de curso -como despedida de la EGB-, a partir de ahí peregrinaba cada semana con emoción hasta el quiosco para saber cuál era la nueva incorporación y, si se consideraba interesante, hacerse con ella (empezaron costando 195 pesetas, me suena que después aumentó el precio hasta 225, resultaban muy asequibles), aunque debo reconocer que en aquella época discriminaba menos e incluso me dejaba llevar por lo más puramente tremendo y llamativo porque escogí alguno de Harold Robbins y menosprecié, por ejemplo, La isla de Arturo de Elsa Morante o La mujer pintarrajeada de Françoise Sagan (como se ve, era una colección de lo más ecléctica en la que Hemingway, Mercedes Salisachs, Erich Maria Remarque, Norman Mailer, Harper Lee, Truman Capote -los de estos dos, aun sin conocer su relación, no me los perdí, ya apuntaba alguna manera aunque eso no es atenuante para lo comentado anteriormente-, Henry Miller o Unamuno se reunían con Vicky Baum, Sidney Sheldon, la novelización de El retorno del Jedi o Falcon Crest y otros autores superventas como Arthur Hailey, Robin Cook o Frank G. Slaughter. Puesto que, a pesar del precio, había que ir ajustando el escaso presupuesto de aquel entonces, unido a mi desconocimiento absoluto del autor y de la trama de la novela, La isla de las tormentas pasó como una exhalación, no puse el menor cuidado, pero meses después (tal vez poco más de un año) la eché de menos cuando, en aquellas maravillosas e inolvidables jornadas cinéfilas de fin de semana propiciadas por el vídeo (a las que se sumaba la durante mucho tiempo imperdonable y tan añorada excursión mensual con los tíos al cine de estreno), quedé cautivado por El ojo de la aguja (hasta años después no reconocí como merecía a Kate Nelligan, pero siempre estuvo en mi memoria de espectador como “la señora que se enfrentaba a Sutherland” -mal hecho, lo sé, pero tampoco podemos fustigarnos todo el rato por ese machismo inconsciente y no deseado, más en alguien que siempre llenó su particular olimpo de diosas de la pantalla-) y terminé por llegar al origen de la película, es decir, la novela que adaptaba, comercializada en España con el que fue su primer título, La isla de las tormentas, obra que sacó a Ken Follett del ostracismo literario, al margen de ser una de las pocas que, hasta ese momento, firmó con su nombre y no con un seudónimo, algo que no volverá a hacer, recuperando posteriormente algunos de aquellos trabajos atribuidos a Martin Martinsen o Zacahry Stone para insuflarles nueva vida al aparecer Ken Follet en la portada.
   Y así es cómo llegué hasta él, al margen de La isla de las tormentas leí La clave está en Rebeca y El valle de los leones, lo pasé bastante bien, pero un buen día empiezan a aparecer noticias sobre su nueva novela, un giro radical en su producción, Los pilares de la Tierra estaban por llegar y la boca empezó a hacérseme agua, en España apareció a finales de 1991, Robbins y otros de su calaña (tampoco seamos tan crueles, para aquel chaval que los devoraba eran lo más, son épocas que hay que quemar -sin imitar a Bradbury-), las novelas de lujo, más o menos acción, sexo (¡Ahí le has dado!) e intrigas internacionales y/o sofisticadas habían quedado atrás, pero las de espionaje no, mucho menos las históricas desde que Vallejo-Nágera o Passuth me dejasen sin aliento (lo cierto es que las civilizaciones antiguas siempre me llamaron la atención), fue mi hermano el que me regaló esa Navidad una de las lecturas más compulsivas de mi vida, la reservé hasta que terminase el curso porque veía incompatible el ritmo a que, estaba convencido, iba a necesitar pasar páginas con asignaturas como Opinión Pública o Historia del Periodismo Universal, y las expectativas no se vieron frustradas sino ampliamente superadas. Y me he mantenido fiel aunque no todos sus trabajos posteriores me han absorbido del mismo modo (confieso que alguno ni lo he leído), pero recupero el entusiasmo y la devoción cuando me zambullo en sus impresionantes frescos históricos, ha sido imposible (al margen de no querido) resistirse al embrujo que destila Una columna de fuego desde sus primeras páginas, porque se reconoce el escenario, el ambiente aunque hayan transcurrido dos siglos desde Un mundo sin fin, porque la época que aquí se recrea goza de mi atención y preferencia desde hace mucho, porque la acción arranca en 1558, el último año de reinado de María Tudor, la recordada como “Bloody Mary”, la hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, a la que sucedería su hermana Isabel, hija de Ana Bolena, considerada bastarda por el catolicismo, porque Follett vuelve a conseguir una mixtura perfecta entre Historia y ficción, porque inserta con sabiduría y cuidado a los personajes inventados en los sucesos recogidos en documentos, tratados o anales y verificados por los historiadores, porque en esta ocasión importa mucho el contexto, porque reviviremos episodios como la matanza de San Bartolomé, lo concerniente a la conocida como Armada Invencible, veremos y oiremos hablar a María Estuardo, Catalina de Médicis, tantas mujeres que han hecho y escrito la Historia por más que se les niegue el pan y la sal (y también hay hombres, claro, pero permítaseme -y aunque no- que ponga el acento en lo femenino, tanto tiempo postergado, interesadamente olvidado o silenciado, rebajado o poco transmitido, mujeres con las que el autor hace justicia, también con muchas de las ficticias).
   Cuando Ken Follett pasó por Madrid para presentar Una columna de fuego, sin negar lo evidente (las guerras de religión son el caldo de cultivo de la época y afectan a sus personajes), rechazó que su novela se centrase en este asunto porque “más allá de lo concreto, creo que el gran tema del libro, como de todo lo que he escrito recientemente [la trilogía The Century -aquí sí hay personajes que pasan de unos libros a otros, al margen de seguir una cronología como su propio nombre indica], es la libertad, nadie debe morir por sus creencias, pero esto lleva a poner en el foco en lo primordial: ser libre para rendir culto”. Sentía la necesidad de completar el ciclo iniciado con Los pilares de la Tierra pero la historia empezó a cobrar cuerpo cuando leyó que se atribuía a Isabel I la creación del primer servicio secreto inglés al que hará pertenecer al máximo protagonista de la novela, Ned Willard, en lo que, de algún modo, puede considerarse un regreso al género que le hizo popular: “Isabel convirtió al país en protestante y eso la convirtió a su vez en un objetivo. Lo cierto es que en esta ocasión empecé a investigar porque me pregunté cómo serían aquellos espías primitivos, qué harían en su vida diaria, cómo empezaron a desarrollar algo que hoy damos por hecho, cómo solventaban problemas que la tecnología ha abatido, era ir a los orígenes de todo”. Y se percibe, o así se quiere ver y así se reciben, que esas páginas son las que más ha disfrutado el autor, tanto que, ante la nada remota posibilidad de que, al igual que sus predecesoras, Una columna de fuego cuente con una adaptación televisiva, y puesto que él hizo breves apariciones en las de El tercer gemelo y Los pilares de la Tierra, Follett pide que le reserven el personaje de Francis Walsingham, el secretario de Isabel I que puso en marcha aquella red de espionaje que puede considerarse origen del actual MI6, no en vano siempre cita a Ian Fleming como uno de sus escritores favoritos, el otro es Shakespeare, al que siempre hay que recurrir, “siempre es una ayuda cuando se escribe sobre el XVI porque aporta detalles de la vida cotidiana, los que también recojo de cartas, de memoriales, se dan mucho los escritos memorísticos en esa época. Ahora bien, si nadie ofrece una respuesta a algo que necesito me lo puedo inventar, siempre que quede claro que lo hago como novelista”. Sevilla es otro de los escenarios de Una columna de fuego, algo lógico si se tiene en cuenta que “era la ciudad más importante de España en ese momento por muchas razones, fundamentalmente comerciales y económicas”, retratada con la viveza que emplea para todos sus escenarios puesto que les confiere carácter y categoría de personaje, motivo por el que mantiene Kingsbridge como centro vertebrador de esta trilogía espacial y especial que puede empezar a gozarse por cualquiera de sus volúmenes, aunque el recientemente publicado sea tan apetecible y adictivo (incluso alguien que gusta tan poco del exceso de términos y acciones marinas como un servidor lee con gusto -inevitablemente menor- la parte dedicada a la Armada Invencible -no especialmente extensa- porque, como es norma en Follett, va al grano y se recrea sólo en lo necesario para que todo pueda imaginarse y comprenderse tanto histórica como novelísticamente hablando). Como novela autónoma es un disfrute, como tercer tomo de una trilogía es un cierre magnífico, Ken Follett en su esplendor.   

lunes, 13 de noviembre de 2017

CARTAS QUE TE DAN LA VIDA




   Aunque en el título se hace referencia a uno de los grandes éxitos de Raphael (A veces llegan cartas), no fue esa la primera canción que vino a mi memoria viendo el espectáculo del que voy a hablar, sino otra que también grabó el de Linares, aquel a modo de bolero que Roberto Livi tituló E-mails y que puede, si se quiere, considerarse una continuación de aquello que Manuel Alejandro compuso no tengo muy claro para quién, aunque pudiera ser que la grabase primero Julio Iglesias, ya que se incluye en el trabajo Por una mujer y en algunas fuentes consultadas aparece 1972 como fecha de publicación (en otras consta el año siguiente como tal), mientras que Raphael la interpretó para su película Volveré a nacer, estrenada en septiembre de 1973 (esto de entregar una canción a dos artistas casi al mismo tiempo era una jugada que el compositor repetiría en otras ocasiones, provocando no pocas rencillas -¡Anda que no dio de sí la disputa por el Como yo te amo habida entre (de nuevo) Raphael y Rocío Jurado!-); sea como sea, el caso es que tras decir lo de “a veces llegan cartas que te hieren dentro dentro de tu alma” y demás, las nuevas tecnologías también irrumpen en la canción romántica para que el destinatario de aquellas misivas solloce “yo le escribo cartas, ella me manda e-mails” y suplique que el próximo envío posea fisicidad para “tenerla entre mis manos y poder abrazarla y besarla como a ella” porque lo del correo electrónico se le antoja muy frío y despersonalizado, algo indiscutible por más que haya agilizado las comunicaciones (se supone que también facilitado, pero ese tema daría para una discusión demasiado larga y muy alejada del objeto del presente escrito). Y aunque A. R. Gurney estrenó Cartas de amor en 1989 flota en su libreto una melancolía presentida, una nostalgia si se quiere prematura o anticipada, un canto a algo que se sabe destinado a desaparecer (se estrenó en España en enero de 1992 y unos meses después, cuando la función que entonces representaron Analía Gadé y Alberto Closas ya no estaba en cartel, mi compañera de beca en la sección de cultura de Telemadrid hizo un reportaje sobre cómo el uso de esta vía de comunicación iba descendiendo), es una sensación que ahora se agudiza, por supuesto, la representación adquiere en la actualidad un inevitable carácter de regreso al pasado, de muchas parejas de las que estamos en la platea (de cualquiera en general: antes las amistades o los lazos familiares se estrechaban y cimentaban mediante cartas, escribirlas era casi un acto natural, incluso en muchos casos eran el único contacto posible -para bien o para mal, no recordemos ahora episodios infames de nuestra historia que han quedado reflejados en la correspondencia-), decía que sería muy difícil, por no decir imposible, resumir la vida de cualquiera de los espectadores a través de lo epistolar puesto que ahora todo se hace mediante “conversaciones” a través de WhatsApp, los e-mails que tanto enconaban a Raphael porque no pueden llegar perfumados o regados con lágrimas y demás redes sociales o aplicaciones que posibiliten una relación del tipo que sea, dando patadas al diccionario, recurriendo a emoticonos u otros formatos gráficos, sintetizando más de la cuenta para no excederse de los caracteres permitidos, a veces complicando en extremo la comunicación y hasta imposibilitando su comprensión.
   Cada vez son más abundantes las novelas que recurren a este tipo de mensajes, también aparecen en obras de teatro, en este siglo nadie daría crédito a Las amistades peligrosas, Drácula o La dama de blanco si se narrasen como historias de ahora respetando su carácter epistolar, incluso Nubosidad variable u 84, Charing Cross, más cercanas en el tiempo (sobre todo la magnífica novela de Marín Gaite, cuya primera edición es, también, de 1992 -tal vez por eso se hizo el reportaje que antes comenté, no recuerdo de dónde ni por qué surgió la idea-), poseen ese aura del pasado, de las costumbres de antaño, ese poso de añoranza y/o evocación, ese escalofrío entrañable que recorre a quien ocupa su butaca frente al escenario en que se oficia la ceremonia teatral (en el caso que nos ocupa, nosotros disfrutamos la función en su primera estadía en Madrid hace algo más de un año, ahora vuelve a estar en la capital, en esta ocasión en el Teatro Maravillas y los remolones, despistados o con ganas de repetir están de enhorabuena porque recientemente prorrogó hasta el próximo 10 de diciembre), temblor de emoción incontenible que va aumentando durante la representación ante lo que es una soberbia e impagable muestra de arte escénico en estado puro, teatro en la más noble y plena extensión de la palabra: David Serrano es un director elegante y discreto, así lo viene demostrando en los últimos años con espectáculos como Lluvia constante, Buena gente, Los universos paralelos o Billy Elliot (las escenas familiares son un auténtico prodigio, al igual que el tratamiento dado a un personaje tan peligroso y susceptible de manierismos como es el de la abuela -una portentosa Mamen García lo contiene con sabiduría y sencillez-), alguien que se pone al servicio del texto y de los actores y no busca el foco, director que se hace notar, precisamente, en el modo en que se difumina, en cómo dispone y maneja las piezas con suavidad, sin sobrecargar, sin rimbombancias ni fanfarrias, dejando que cada espectáculo tenga su ritmo particular, su respiración, que cada personaje tenga el lugar y la repercusión que le corresponde, que los actores puedan adueñarse de la escena con naturalidad y verdad. En Cartas de amor, y no es poco (tarea hercúlea la suya), armoniza los elementos con maestría y precisión, las diríase mágicas escenografía e iluminación de, respectivamente, Mónica Boromello e Ion Aníbal coadyuvan a crear la atmósfera adecuada para lo que es todo un acontecimiento, para lo que supone una gran celebración, para el motivo principal de que, si no había dudas hace un año ahora aún menos, estamos ante uno de esos montajes que se recordarán durante muchísimo tiempo: el regreso de Julia Gutiérrez Caba a las tablas.
   Y es que, aunque tuvimos la inmensa fortuna de gozarla cuando participó en el ciclo Cómicos de la lengua que dirigió José Luis Gómez y en el que ella leyó (interpretó, habitó, revivió) a Santa Teresa, se echaba de menos a alguien de su categoría, de su clase, de su veteranía, de su oficio, una mujer que dice su primera frase fuera de escena, derramando esa voz que es un manantial de agua pura y fresca, inundando la sala, siendo oída y comprendida por todo el mundo, una actriz que en cuanto aparece despierta un aplauso de admiración y respeto. Junto a ella, un Miguel Rellán que lleva muchos años demostrando su carisma, su rotundidad, su versatilidad, la aparente falta de esfuerzo con que actúa, su campechanía, su inagotable vis cómica, su magnética presencia, aquí es el compañero perfecto para alguien que, por sí misma y por sus apellidos, es leyenda viva de nuestro teatro, y es emocionante cómo Rellán, digámoslo así, acepta este aparente papel secundario para servir la escena a Julia Gutiérrez Caba, cómo apenas interfiere más allá de lo preciso en los momentos en que ella va desgranando notas, tarjetas y cartas, pero es un prodigio verle siempre en personaje y a favor de obra, algo que ella hace en justa reciprocidad, echando chispas la combinación de ambos titanes, salpicando la lectura con mil detalles que enriquecen lo que cuentan, obrando el milagro de hacer creíbles la infancia, la adolescencia, el paso de los años, la vejez de sus personajes sólo con inflexiones de voz y algún que otro gesto propio de una edad concreta. Gurney escribió Cartas de amor como huida del teatro, quería abandonarlo, pero los editores de The New Yorker lo rechazaron porque lo consideraron como tal, como lo que inconscientemente era, como homenaje a la palabra que debe ser leída en voz alta, que debe ser pronunciada, que debe ser hecha verdad por dos intérpretes, algo que David Serrano ha respetado y extremado para conseguir un montaje sin trampas ni artificios, algo que jamás puede aparecer cuando hacen suyo el escenario dos colosos del calibre de Miguel Rellán y Julia Gutiérrez Caba. Ya sé que suena obvio e incluso impersonal, pero no se la pierdan (la función en sí y, sobre todo, ese tesoro en forma de actriz).