jueves, 19 de enero de 2017

¿MALOS TIEMPOS PARA EL MONÓLOGO?







  Robo el título del presente escrito al querido y admirado amigo César Augusto Cair (por cierto, debo aclarar -por aquello de las suspicacias, aunque nunca niego los lazos afectivos, cuando existen, a la hora de encarar una crítica- que no lo era cuando vi Eva ha muerto por primera vez y escribí sobre la misma, que ni siquiera nos conocíamos, que tardamos en hacerlo, que cuando pudimos saludarnos más allá de la virtualidad de las redes sociales fue después de que, con la generosidad que le caracteriza, me pidiese que escribiera el prólogo para Quinto aniversario, que el libro ya estaba en el mercado cuando por fin nos dimos un apretón de manos y un abrazo, que todo lo publicado en su día en este blog fue, como siempre, mi opinión sincera, mi análisis particular y sin intereses creados sobre lo que vi en escena, que el dramaturgo me interesó por lo que experimenté y me hizo pensar, que así empezó a fraguarse una complicidad artística que, sólo varios meses después, dio paso a una relación más cercana e íntima), estábamos, como digo, hablando un jueves después de una de las representaciones de La voz hermana (a la que, por segunda vez, César llegó sin avisar para así abonar su entrada en taquilla, descubriéndole entre el público, generoso como digo con el trabajo de los demás), se daba el caso de que Pablo y yo habíamos reservado el siguiente domingo para ver su último texto estrenado -Loba noctámbula, sobre el que escribí recientemente y que regresará a la cartelera antes del final de esta temporada-, así pudimos devolverle la sorpresa (porque, siguiendo su ejemplo, no le habíamos anticipado nada y sólo se lo contamos, ya que le teníamos delante, porque las entradas ya estaban abonadas), el caso fue que, puesto que tanto la función de César como la de Pablo eran sendos monólogos, empezamos a evocar algunos de los vistos últimamente (la histórica reposición de Cinco horas con Mario con una Lola Herrera en plenísima forma, la magistral Reina Juana a cargo de una portentosa Concha Velasco, la estupenda versión de La Plaza del Diamante que permitió a Lolita derrochar en escena todo su potencial dramático), hablamos sobre su proliferación y nos preguntamos si sería otra manera de intentar abaratar costes y poder exhibir un trabajo, íbamos y veníamos sobre el asunto compartiendo tanto experiencias vividas como espectadores como aquellas derivadas del proceso de poner en pie un proyecto teatral y del día a día de cada función, y de repente César lanzó la frase al más puro estilo Golpes Bajos pero con toda la carga que Bertolt Brecht (el verdadero autor) puso en la misma, como afirmación, yo recogí el testigo y le dije que, como interrogación, como consulta a los posibles lectores, recabando la opinión del público, titularía de ese modo mi crónica sobre Loba noctámbula, pero una vez me sumergí en el viaje emocional que el autor y director propone, una vez me dejé arrastrar hasta el infierno más candente del amor contrariado, rechazado, ignorado, abandonado y del modo en que María Laza lo expresa, en el momento en que aquella mujer empezó a dolerme, a zarandearme, a reavivar esas lágrimas amargas que en algún momento todos hemos enjugado y cuyo rastro no se borra del todo como recordatorio de lo frágil que puede ser la felicidad por mucho que esté asentada y bien alimentada, en cuanto sentí los aullidos como latigazos propinados con saña vino a mi corazón aquella otra Loba que hiciera inmortal la excelsa Marifé de Triana y, claro, ya me conocen los fieles, la copla se impuso: “Palabras de negra historia, / palabras de desengaño / que vuelven a su memoria / al cabo de tantos años”.
   Pero seguí preguntándome si vivimos buenos tiempos para el monólogo (el poema de Brecht, como siempre ocurre con su obra, sirve para muchas realidades, acepta muchas interpretaciones, mantiene terrorífica vigencia, “sólo agrada quien es feliz”, puede que te tilden de revolucionario, de asocial, de antisistema sólo por decir en voz alta lo que la mayoría quiere ocultar, como si la suciedad debajo de la alfombra se evaporase por arte de magia en lugar de acumularse y hacerse más notoria), lo cierto es que el arte en cualquiera de sus manifestaciones vive en crisis constante casi desde su nacimiento, porque asusta su libertad y se intenta coartarlo, reglamentarlo, domesticarlo, anularlo, porque se considera prescindible (e incluso innecesario) y se hace creer al resto que es un lujo, un capricho, una frivolidad, un absurdo, un engaño, se le niega su carácter contestatario e intenta minimizar su efecto, el poder, sea del tipo que sea, quiere saber poco o nada del arte si no lo puede utilizar como propaganda, en beneficio propio, colgándose medallas y méritos, porque ciertas voces consideradas expertas menosprecian un arte (llegan a negarle ese nombre) que sólo busque entretener, divertir, evadir, regalar belleza, sin ínfulas, sin otras consideraciones, sin consignas, sin remordimientos, sin vergüenza, sin subterfugios, porque aparecen autoproclamados artistas (o así nombrados por aquellos interesados en su promoción y triunfo, buscando el beneficio económico nada más, abusando del afán y talento creativo de otros) que sólo pretenden el encumbramiento personal, que se transforman en categorías propias y vacuas, en productos de rápido consumo y veloz olvido, transmitiendo la sensación de que nada perdurable ni digno de recuerdo sale de ese mundo, malgastando y pisoteando el legado de siglos de entrega de todos los que han hecho posible que aún haya personas a las que les interesen la literatura, la pintura, el teatro, la música, el cine, la poesía, la escultura, el diseño, la arquitectura, como es habitual en mí no dejé descansar a la lavadora, pasando de lo más mundano a lo más sublime, viendo por una vez la botella medio llena y concluyendo que los malos tiempos sirven como acicate para continuar creando, para seguir buscando parcelas en las que sentirse más vivo que nunca y en las que encontrar el remedio para las carencias que uno perciba en cada momento, sean carcajadas estentóreas o llantos con hipo, sí, sabemos que “con la que está cayendo” refugiarse en las páginas de un libro o en la oscuridad de una sala puede parecer un ejercicio de inconsciencia, de dejación de funciones, pero sólo de ese modo encontramos algunos el combustible para seguir caminando y plantando cara a las adversidades (las personales y las comunes).
   Volvamos a lo meramente teatral para señalar que, si atendemos a la cartelera, el monólogo sigue gozando de buena salud (aunque es cierto que hay un público que se muestra reacio, a no ser que entremos en el territorio que aquí hemos dado en llamar El Club de la Comedia -totalmente lícito, por supuesto, lo fantástico es que haya opciones muy diversas y cada espectador pueda elegir lo que le apetezca, pero, como muy bien nos matizó en su día el gran Miguel Rellán durante una entrevista, y él sabe de lo que habla mejor que muchos puesto que ha hecho una cosa y la otra, eso no es estrictamente un monólogo-), al menos así parece confirmarlo el hecho de que las funciones previstas de la versión de La voz humana de Cocteau que Israel Elejalde ha escrito y dirigido para que el talento de Ana Wagener vuelva a dejarnos sin aliento han tenido que ampliarse hasta finales de este mes y no son necesarias dotes adivinatorias para predecir que, más pronto que tarde, regresará al ambigú del Pavón Teatro Kamikaze. Más de uno me acusará de centralista por no desearle una gira larga, y ojalá la tenga, este montaje merecería mantenerse mucho tiempo en cartel, sumarse a la lista de espectáculos nacidos en el seno de esta compañía y a los que regresa cada cierto tiempo, pero es que la manera en que Elejalde ha sabido aprovechar el espacio, integrarlo en la acción, supone uno de sus máximos aciertos y se hace complicado imaginarlo fuera de ese ambiente, el modo en que Wagener lo habita es electrizante, nos sentimos parte de esa habitación en que se desata el infierno, en realidad ya lo ha hecho antes de que lleguemos, tener a la actriz a pocos centímetros añade una descarnadura al texto que nos hace recibir cada palabra como lo que es, un latigazo en toda regla, un flagelo inmisericorde y suicida como sólo puede propinar(se) quien se niega a aceptar que el amor ha terminado, un refocilarse en la propia miseria con delectación y sadismo, estar en el ambigú del Pavón mientras una volcánica Ana Wagener susurra, ríe histéricamente, intenta mantener la calma, se envenena con sus miedos, echa leña al fuego para que la herida siga abierta, aúlla con impotencia, combina estados extremos con enorme naturalidad y contención prodigiosa es una experiencia catártica, la que Israel Elejalde ha sabido beber del original sin cometer el error de querer resultar más brillante, aunando esfuerzos y voluntades para que el monólogo se imponga a los malos tiempos y sea la única vía de escape posible.

jueves, 29 de diciembre de 2016

LA MADRE DE LA PRINCESA LEIA







   He dudado bastante dónde publicar este texto, pero como inevitablemente me salía algo muy personal, como no se trataba de glosar los méritos artísticos de Debbie Reynolds (que también), como lo que empezó a nacer esta mañana cuando me enteré de la muy triste e incluso fatídica noticia de su fallecimiento tenía más visos de desvarío/confesión que de obituario más o menos ortodoxo, pensé que a ella le gustaría bailar al ritmo del arpa y saludar con su clásico gesto sonriente entre angelical y mordaz al blog hermano (Celuloide en vena) en el que otras estrellas han sido celebradas, lloradas y homenajeadas; como además ya tuvo su momento de gloria en Celuloide y Candilejas, la página creada por Pablo que he tenido demasiado abandonada, pero aquí anuncio que la tendencia va a cambiar en 2017, para no confundir a los amables lectores que se interesan por lo que un servidor escribe, como en realidad me voy a copiar sin recato (al fin y al cabo, en aquel escrito nacido tras haberle sido entregado el premio del SAG a toda una vida dedicada a la interpretación me limité a hablar de mis percepciones, de mis emociones, de mis sentimientos hacia ella a lo largo del tiempo, del inolvidable momento vivido viéndola en escena, de la breve charla con ella tras el fabuloso show), creo que es preferible que, en lo que al que suscribe se refiere, la Reynolds se quede en aquel Celuloide (http://pablovilaboy.wixsite.com/celuloideycandilejas/single-post/2015/01/28/DEBBIE-REYNOLDS-Tanto-gusto) y ahora se asocie al ángulo oscuro del salón para iluminarlo con su rutilante presencia, la misma que inundó el escenario del Apollo Theatre de Londres aquel 9 de mayo de 2010 en que tuvimos la inmensa fortuna de, como prometía la publicidad, tener la insólita oportunidad de tener a pocos metros a uno de los nombres señeros del mundo del espectáculo, una mujer que, a sus 78 años, demostraba que, tal y como anunciaba la marquesina, estaba muy viva y fabulosa.
   Fue gracias a la instantánea que inmortaliza aquel momento (y que está en nuestro salón en un cuadro que preparó Pablo junto a una de las entradas de aquel día y a un afiche del espectáculo con su firma) cómo tuve que asumir una noticia que, debo reconocer, me costó digerir, especialmente teniendo en cuenta que poco más de veinticuatro horas antes me lamentaba (como tantos fans de La guerra de las galaxias y las películas posteriores) de la muerte de Carrie Fisher, su hija: Pablo la había colgado en Facebook evocando aquel encuentro y despidiéndose así de ambas, pero confieso que tuve que leer sus palabras dos o tres veces antes de comprender que era cierto que la madre había seguido la estela de la hija y entraban del brazo en la inmortalidad. Ellas mismas hicieron pública su rivalidad, se dedicaron palabras ácidas, sarcásticas, incluso insultantes, Carrie transformó sus desencuentros, sus enfrentamientos, sus reproches, sus adicciones, su relación de poco amor y bastante odio en un libro que no ocultaba su carácter autobiográfico y que se hizo tremendamente popular, con adaptación fílmica incluida (Postales desde el filo (1990) en la que Meryl Streep dio vida a la Fisher mientras Shirley MacLaine se transformó en un espléndido trasunto de la Reynolds), Carrie demostró ser digna heredera de su madre al regresar años después por la puerta grande con un vitriólico, descarnado y desopilante monólogo en que no dejaba títere con cabeza, comenzando (y terminando) por ella misma, sin eufemismos ni correcciones, desgranando las “virtudes” de su árbol genealógico, sin olvidar a papá Eddie (Fisher), pero entre andanadas, chistes, puyas y causticidad, a pesar de los pesares (o precisamente por todo eso), madre e hija desarrollaron una complicidad inteligente y sardónica, no jugaron a un falso olvido pero dejaron a un lado viejos rencores para regalar momentos mágicos como la recepción por parte de Debbie del premio antes comentado de manos de Carrie, siempre tocadas por la lucidez de la ironía, parodiándose sin ridiculizarse, formando un frente común que ni la parca ha sido capaz de destruir.
   Y es que la dulce protagonista de Cantando bajo la lluvia (1952) era cualquier cosa menos eso, aunque lo cierto es que nunca lo ocultó, tal vez al principio sí vendió el papel de víctima, de abandonada, no puede negarse que lo fue puesto que Eddie Fisher aún era su marido cuando, como ella misma declaró, lo mandó a que consolase a una gran amiga, Elizabeth Taylor, que había quedado viuda tras el accidente de aviación en que perdió la vida Mike Todd “y se quedó con él”, pero su matrimonio era cualquier cosa menos idílico y bien se encargó Carrie de proclamarlo a los cuatro vientos. Pero el talento de ambas estuvo en reconvertir lo negativo, lo terrible, lo doloroso, su lado más perverso y tendente al drama y el enfrentamiento en su carta de presentación y, sobre todo, en el terreno abonado para que su talento eclosionase. Así, Debbie Reynolds miraba a un teatro abarrotado con auténtica sorpresa, la función era un domingo (el día de descanso en Gran Bretaña) a las cuatro de la tarde (las llamadas matinales empiezan sobre las dos o dos y media, el horario no era tan extraño en aquellos lares), y se/nos preguntaba si no teníamos nada mejor que hacer, para, a continuación, extrañarse porque hubiese gente menor de cuarenta años (que la adoraban gracias a la serie Will y Grace (1999-2006), donde había sido contratada para un capítulo pero apareció en todas las temporadas debido a la repercusión y el éxito de aquella primera intervención) y, marcando el tono general del espectáculo, quiso darse a conocer diciendo: “¿Recuerdan Star Wars? ¡Soy la madre de la Princesa Leia!”, petición que desde ese momento hicimos a George Lucas (y posteriormente a J. J. Abrams) y que, lamentablemente, no podrá llevarse a cabo más que digitalmente (y tiemblo ante lo que ahora se me antoja como funesta premonición pero no explico para no destripar a nadie lo que sucede en la recientemente estrenada Rogue One). A partir de ahí, al margen de hacer gala de una voz que todavía afinaba con gracia y soltura, Debbie fue cobrándose algunas deudas que transformaba en arte, sus dardos envenenados e incluso crueles devenían en chispeantes por el modo en que los profería, por el adorno que les conferían su imperturbable (aunque llena de matices y oquedades) sonrisa, sus jubilosos brazos, sus movimientos de rutilante estrella, parodió a Katherine Hepburn, a Marlene Dietrich, a Barbra Streisand (demostrando, por cierto, grandes facultades canoras), hizo burla de los entonces aún vivos pero muy deteriorados físicamente Eddie Fisher y Elizabeth Taylor (él moriría tan sólo cuatro meses después, ella antes de cumplirse un año), “ahí los tienen y aquí me ven, además, cuando Eddie se marchó, yo me casé con un millonario”, se río de todo y de todos, fundamentalmente de sí misma: “Pregunté cómo podía hacer un espectáculo y me dijeron que reuniese mis hits, lo cual me lo ponía muy fácil porque sólo tengo uno [Tammy]”.
   Y, al final, como tantas veces hemos contado, agradecido, admirado, estuvo algo más de una hora en la puerta de artistas del teatro recibiendo a todo el que quisiera saludarla, hacerse una foto, llevarse una firma de recuerdo, entregada al público como sólo alguien tan enorme puede hacer, sin mostrar cansancio (cuando entramos llevaba casi una hora y aún quedaban unas veinte personas), cercana, espontánea, ágil (“Miss Reynolds, we are spanish” “¡Tanto gusto!”), sin perder el foco que la iluminaba convenientemente (una estrella no sólo debe serlo sino también aparentarlo siempre), haciendo aún más inolvidable el momento, sintiéndola algo nuestro desde entonces, lamentando terriblemente la pérdida aunque su legado (e igualmente el de Carrie Fisher) es impresionante y no va a perder fuerza (nunca mejor dicho) ni vigencia y la tenemos cada día frente a los ojos, nos provoca sonrisas, guiños, recuerdos, llueve en nuestro corazón pero no importa porque nos ponemos a cantar y bailar para lanzar un potente “good morning” como sólo una gran estrella puede proferir e iluminar por más que venga desde una galaxia muy, muy lejana.   

lunes, 26 de diciembre de 2016

EL LECTOR EN SU ENCRUCIJADA



  



 En esa época en que no puedes ni quieres evitar la constante efervescencia de ser lector voraz (algo que mantengo muy vivo, aunque obligaciones profesionales y atender, como diría aquel, las cosas de la vida condicionan el ritmo y el orden en que los libros se van sucediendo), esos años en que abandonas las lecturas infantiles para empezar a bucear en otras que te parecen dignas de los adultos, en que te lanzas sin paracaídas a por cualquier volumen que tengas a mano (cuando, como en mi caso, tienes la fortuna de que no te censuren prácticamente nada, más allá de algunos títulos para los que conviene esperar un poco y así poder apreciarlos mucho mejor), esos momentos en que no cribas y todo te resulta atractivo (tengo un gusto muy variado y ecléctico, pero he ido desarrollando un criterio, unas preferencias, ciertas fobias, prejuicios en ocasiones arraigados en la experiencia), ese tiempo que, más o menos, coincide por los últimos cursos de la extinta EGB y con el también finiquitado Bachillerato era el de la felicidad cuando tenía ocasión de proveerme de lo que la tía Carmen denominaba “librotes”, ya fuese El Padrino, Lo que el viento se llevó, Jane Eyre, El nombre de la rosa, Capitanes y reyes, se trataba de que tuviese más de 400 páginas, esa era la cifra mágica, a partir de ahí era inevitable sentir temblores de emoción, anticipar horas inmerso en los avatares de que se diese cuenta, así fueron cayendo clásicos, best sellers de muy diverso pelaje, daba igual con tal de que hubiese mucha tela que cortar, y en realidad aún experimento una atracción irresistible, una querencia muy acusada en cuanto vislumbro en un estante o en la mesa de novedades un libro voluminoso (si bien es cierto que de otros he aprendido a huir o al menos a desconfiar, me refiero a ese tipo de novelas que parecen vendidas al peso, especialmente las históricas o que así pueden -o pretenden y consiguen- ser consideradas, muchas de las cuales se limitan a transcribir la ingente cantidad de información que el autor ha recopilado), lo que no quiere decir que rechace las historias más breves, narraciones de una longitud más o menos convencional, cuentos, soy omnívoro en lo que a literatura se refiere, lo he confesado muchas veces.
   Pero la perspectiva de tener mucho que leer es de lo más grata, por eso recibí con suma alegría la invitación para entrevistar a un autor al que, además, ya había echado el ojo pero, como en demasiadas oportunidades (en parte por la lógica incapacidad para poder abarcar una oferta editorial sobredimensionada y elefantiásica en la que resulta complicado navegar por más brújulas que se utilicen), aún permanecía, en lo que a este servidor se refiere, inédito y desconocido, más allá de lo que sobre él habían escrito otros en periódicos o blogs o de lo que él mismo hubiese respondido en alguna ocasión; y es que César Pérez Gellida venía a promocionar Cuchillo de palo (editado por Suma de Letras), el segundo volumen de la trilogía Refranes, canciones y rastros de sangre, por lo que me pareció pertinente reclamar a la editorial el título precedente (Sarna con gusto), y, así, conocer el punto de partida. Y si bien es cierto que cada novela acepta una lectura autónoma, lo que se ha denominado (con toda justicia porque tiene color, sabor, voz propia) “género Gellida”, el universo de este vallisoletano está tan magníficamente construido que, por más que dé los datos imprescindibles para comprender la historia y, muy especialmente, los comportamientos, los sentimientos, los razonamientos, los porqués de sus personajes, la lectura se disfruta (y sufre, de todo hay en la dosis adecuada a cada momento) mucho más, uno experimenta con mayor intensidad lo que sucede si posee la información necesaria para, en algunos tramos, caminar al lado del autor, reconociendo los guiños, recopilando algunas piezas, destapando ciertas sorpresas en la justa medida, asumiendo que la última mano siempre conllevará el triunfo absoluto de, como se empezó a señalar antes, un escritor que ha levantado un edificio sólido, poderoso, que ha conseguido una creación en la que nada se ha dejado al azar, en la que se nota el trabajo de conjunto, la honestidad de Gellida para que ningún lector se sienta engañado, la precisión con que se cuida cada detalle para mantener la verosimilitud, para que nada resulte estrambótico, añadido con precipitación o, sencillamente, metido con calzador, reventando las costuras, saltándose la coherencia. Y eso que el propio autor confiesa que sus horizontes están siempre muy cercanos: “Mi método de creación literaria es a corto plazo, no tengo la virtud de saber proyectar, voy capítulo a capítulo, escena a escena. Me da la impresión que cuando uno se pone a tejer una trama y sabe de dónde parte y a dónde va a llegar, inconscientemente traza una línea recta para contar, porque así es el ser humano, y no hay nada que me asuste más que las líneas rectas. Si bien es cierto que llevo las riendas, dejo que los personajes vayan avanzando, me ocupo y preocupo de lo inmediato, que esa escena en la que trabajo tenga sentido por sí misma, en esto pongo mucho cuidado y es que, aunque me salen novelas largas, no me gusta que tengan exceso de páginas, no quiero que haya escenas prescindibles, no me gusta tener que recortar después, parece que por el momento lo voy logrando. Como digo, me gusta que cada escena tenga sentido, su porqué, aunque parezca trivial, aunque sólo sea para hablar de música o para contar la historia del origen de Colón [un episodio desopilante de Cuchillo de palo], porque todo sirve para explicar y profundizar en los personajes”. Pero cuando se tiene algo tan meditado, enraizado, organizado, por mucho que el autor guste de ser el primer sorprendido, hay unos mimbres firmes, un esquema interiorizado que ayuda a que todo lo que brota encaje sin grandes aspavientos ni esfuerzo (al menos para el lector).
   Como la intención de César nunca fue la de escribir una serie como tantas que abundan en la novela policiaca (que no se rechazan -todo lo contrario: se reivindican grandes nombres del género y las convenciones del mismo, algunas de las cuales, más o menos remasterizadas en beneficio propio y del que lee, se utilizan sin ocultarlo-, pero no era ese el camino que se quería seguir), puede que, un tanto inconscientemente, empezase a pensar en Ramiro Sancho del mismo modo en que J. K. Rowling lo hizo con Harry Potter, una novela se le quedaba pequeña, por eso presentó al personaje en una trilogía anterior, Versos, canciones y trocitos de carne, la misma que el que suscribe empezó a leer (sólo el primer tomo, Memento mori -porque la entrevista tenía una fecha, no por falta de adicción, ahora continuaré con el resto-) porque, haciendo de nuevo hincapié en que lo básico, lo imprescindible, se comprende sin problemas en Cuchillo de palo, conocer de primera mano de dónde veníamos, cómo se fraguó todo, ayudaba a leer con mayor admiración porque se aprecia mucho mejor el hecho de que no hay fisuras en la construcción, que los muros de carga tienen gran firmeza, que los cimientos soportan los nuevos pisos sin resentirse: “No quería cargar al lector con la necesidad de tener que leer todo lo anterior: que, como en tu caso, te enganchas y quieres ir hacia atrás, me parece perfecto y lo agradezco, pero no porque estés obligado, sino porque te apetece”. Y claro que apetece, en parte, como reconocía un tanto muerto de risa Pérez Gellida, porque conocer lo que sucede en Cuchillo de palo y su predecesora, hace que se lea con otros ojos la bola de nieve que se echó a rodar en Memento mori y, repito, aún asombra más cómo la última entrega recoge lo sembrado y abre nuevos surcos que, sin solución de continuidad, nos llevan hasta A grandes males, que se publicará el próximo marzo y pondrá la guinda a esta segunda trilogía, compuesta por tres novelas muy diferentes entre sí pero que se integran a la perfección: “Sarna con gusto sigue una estructura más o menos ortodoxa, tiene ese toque digamos clásico, sigue una línea horizontal de tiempo que es primordial, pero Cuchillo de palo tiene una estructura desestructurada [le digo que es todo un oxímoron pero resulta de lo más clarificador y no podemos evitar la carcajada, pero quien la lea lo rubricará, estoy convencido], va por otro camino, y ya puedo anticipar que A grandes males será muy diferente a ambas. No quería caer en la reiteración, no quería aburrirme repitiéndome y, por ende, cansar al lector: trabajo mucho para que cada novela tenga su propia identidad, que no se hable de “novela de transición” o de “otra aventura de Sancho”, no estoy interesado en escribir una serie, hablando en términos convencionales”. Ya que aparece esa palabra un tanto maldita cuando abordamos una trilogía, “transición”, comento que el giro que da en tono, estructura e intenciones en Cuchillo de palo con respecto a la anterior invalida cualquier suspicacia y que, en todo caso, por su mayor complejidad y oscuridad, habría que hablar de novela de maduración: “En el planteamiento de cualquier trilogía, y puedo hablar por experiencia porque ya he terminado dos, la segunda novela es siempre la más complicada porque suele funcionar como engranaje, no puede ser conclusiva en la línea principal y ya sólo por eso le estás restando, pero tiene que tener sentido en sí misma y creo que ese es el secreto. Cuchillo de palo cobra su propio sentido al reflejar la evolución de Sancho, su carga psicológica, hacer partícipe al lector de lo que está sucediendo y él está sufriendo”.
   Lo que es inconfundible, lo que ya es su sello, ese plus que ha llevado a algunos a hablar de un género particular es su capacidad para, escribiendo maravillosamente, recreándose en la suerte, ensartando metáforas, adjetivando con profusión, utilizando frases largas, imprimir una velocidad interna al texto que obliga al lector a consumir páginas a un ritmo que por momentos es vertiginoso, aunque muy medido, sin desbarrar: “¿Qué pasa cuando vas todo el rato a 250 Km. por hora? Que no aprecias la velocidad: hay que viajar rápido, sí, te das cuenta en seguida, pero en algunos tramos la velocidad no es lo importante, disminuye y te permite apreciar el paisaje; ahora bien, cuando apretemos el acelerador, no vamos a parar y te vas a dar cuenta, lo mido mucho para que no se haga monótono. Es muy intencionado el hecho de que desde las primeras páginas se intuya que aquello no va a ser tranquilito: me gusta jugar con las emociones del lector. Uno de los planteamientos que me hago es que la novela pertenece al que la compra, es suya, pero a cambio me cobro el trabajo con las emociones de cada uno y es un privilegio poder hacerlo y robar horas de sueño. No siempre sale bien, claro, hay quien me ha recriminado mucho el final de Sarna con gusto y lo acepto, pero de haber terminado de otra forma no hubiera sido honesto conmigo, con la realidad, con lo que se cuenta, con el propio género”. Y es algo que uno no quiere evitar rubricar porque, si bien es cierto que se me va a quedar mucho tiempo dentro (creo que nunca me abandonará: es de esos sufrimientos literarios que uno agradece haber vivido, pese a todo), que la zozobra y la angustia llegan a ser extremas, es necesario que, aunque sólo sea por coherencia narrativa, por lo que va a venir a continuación, para que Cuchillo de palo aún tenga más fuerza y lobreguez, que su antecesora concluya del modo descarnado en que lo hacía. Y ese descenso a los infiernos es más acusado por la prosa del autor, preñada de verdad, sin paños calientes pero sin tremendismos, esculpida con aristas para que se imponga, para que perturbe, para que conmueva, para que se sienta, prosa de una sensorialidad extrema: “Tengo la obsesión de meter al lector en el papel, que sea el epicentro, porque empatiza, porque rechaza, es lo audiovisual lo que más me influye a nivel literario, más que la propia literatura, y trato de hacerlo así, debo ser eso a lo que llaman “género Gellida”: quiero que huelas, que te duela, que tararees, lo que toque en cada momento”. Y, como ya decíamos, se percibe para bien el esfuerzo, el compromiso del autor con lo que cuenta y con los receptores: “El primer borrador sale a borbotones, escribo, escribo y escribo, pero en el fondo es tanto como nada, es el más importante en el sentido de que lo condiciona todo, pero sólo me sirve como punto de partida. Ya a partir del segundo es cuando empiezo a pensar como lector, si la progresión es la adecuada, si la información está bien dosificada, si todo es coherente, es tal vez el máximo esfuerzo, intento evitar o subsanar los errores antes de dar paso al tercero, que es donde relleno los huecos argumentales que haya detectado. Ya a partir del cuarto es cuando me pongo a escribirlo bien, cuando medito, construyo, me tomo mi tiempo, A grandes males ha tenido cerca de quince o dieciséis borradores, por ejemplo”. Y uno podría decir mucho más, pero no querría destripar nada, ni tan siquiere desvelar algún detalle, me gustaría que pudieran descubrirlo así, en carne viva, como un servidor, comenzando por donde prefieran, dejándose arrastrar por el torbellino, por la vorágine, por el caudal incontenible y rebosante que César Pérez Gellida hace discurrir por cada una de sus novelas (lo demás, incluidas otras declaraciones del autor, las dejamos para el momento en que A grandes males llegue a las librerías).