viernes, 2 de diciembre de 2016

(NO) EMPECEMOS POR EL FINAL







   Pido perdón por el guiño particular que supone el título del presente escrito, una humorada con código restringido que ha de ser explicada (con lo que pierde todo el chiste, ese que en realidad no tiene o en dosis mucho más reducida de lo que se pretende), no por aprovechar la coyuntura para practicar la autopromoción (aunque en muchas ocasiones se impone porque es el único modo de dar a conocer el trabajo de uno), sino para que tanto el lector leal como el despistado, llegado por azar, incauto, amable y/o generoso que se esté adentrando en un nuevo desvarío del arpa se sitúe un poco mejor en lo que empezó a fraguarse en mi mente mientras cerraba con una sonrisa La carne, la novela de Rosa Montero que Alfaguara lanzó al mercado el pasado septiembre. Empecemos por el final es el modo en que titulamos el prólogo de nuestro primer libro en común (la primera persona del plural hace referencia a un servidor y, por supuesto, a Pablo Vilbaoy), Finales de cine (editado por Alianza en 2011), aunque durante un breve tiempo fue el modo en que nuestro agente (e incluso el editor) se refería al mismo, tomando la primera frase que aparecía en el documento que enviamos con la versión que en ese momento se presentaba como final y corregida (después llegó el momento de estudiar con lupa las galeradas, rastreando erratas, incorrecciones, inexactitudes, palabras que de repente no satisfacen tanto como cuando fueron escritas -por suerte, siempre hay otras que sí e incluso sorprenden al propio autor-, esa labor de zapa ciertamente incómoda y a ratos angustiosa previa a la publicación); con ese aparente oxímoron queríamos resumir el modo en que fraguamos y fuimos dando forma al libro, cómo un día empezamos a evocar aquellos finales que habían dejado una huella más intensa en nuestra memoria cinéfila, cómo a partir de esa secuencia, a veces tan sólo una frase o una imagen, en otras varios minutos aunque en general nos deteníamos en el último plano, el instante previo a la aparición de los créditos o de ese mítico y ya desterrado (salvo excepciones muy contadas) “The End” (o “Fin” o el vocablo correspondiente en el idioma de origen de la película), cómo reconstruíamos las películas a partir de las emociones provocadas por ese final, eran ellas las que se imponían a la hora de la evocación, del análisis, del comentario, cómo la conclusión (por acertada, por coherente, por sorprendente, por innovadora, por abrir interrogantes, por resumen perfecto de los logros artísticos, por mil causas -incluso por todo lo contrario: por inapropiada, por forzada, por inane) motivaba una nueva lectura al tener ahora datos que permitían apreciar mucho mejor el modo en que se nos había conducido hacia ese lugar, cómo el conocimiento de la misma no impedía seguir disfrutando en cada revisión (¡Ay, esos golpes de efecto tramposos, rimbombantes, que sólo funcionan -si acaso- una vez!) e incluso acentuar ese deleite al comprobar cómo se había ido conformando el puzle y encajando las piezas sin que fuéramos conscientes de ello. También en ese prólogo nos preguntábamos en qué momento algo se transforma en clásico y, por lo tanto, podemos destriparlo sin temor a que alguien se queje aunque, en realidad, tenga todo el derecho a hacerlo; es decir, nosotros ya avisábamos que contábamos el final de las 77 películas seleccionadas, al fin y al cabo se trataba de eso, pero en infinidad de conversaciones, en artículos, en otras obras, en frases hechas, a deshora y sin advertirlo a los demás (pero dándonos cuenta del hecho, recreándonos en la jugada), no hay recato en, por ejemplo, hablar sobre el final de Casablanca, sobre el destino de Emma Bovary o Anna Karenina, gritar a los cuatro vientos cómo se resuelve Diez negritos, muchos que no han leído ni una página de Don Quijote de La Mancha pueden decir cómo termina porque se ha contado por activa y por pasiva, incluso Susan Sarandon y Geena Davis revelaron qué sucedía con sus personajes ante la audiencia millonaria que veía la entrega de los Oscar el año en que Thelma y Louise era una novedad para muchísimos espectadores y otros tantísimos aún no la habían visto.
   Por supuesto, y no es tirar piedras contra nuestro propio tejado, lo ideal es evitar cualquier comentario que, de forma más o menos clara, proporcione más información de la debida e impida que un nuevo lector/espectador se adentre en el conocimiento de una obra sin más datos que los que puede recolectar en forma de recomendaciones, declaraciones del creador, críticas que se ajusten a los estándares debidos e incluso, permítaseme que haga hincapié en ello porque el asunto me toca de cerca, en la necesaria ética periodística (porque otra cosa es el examen más o menos pormenorizado, el ensayo en torno a algo o alguien que, para estar sólidamente cimentado, para desarrollar el análisis, para explicar una teoría, unas conclusiones, un objeto de estudio, debe señalar ejemplos en forma de citas, construirse a partir de lo que se estudia y ahí hay que detallar intencionalidades, sucesos, personajes, diálogos, pero quien llega hasta ese tipo de trabajos sabe lo que va a encontrarse -es lo que demanda- y en muchos casos conoce también aquello sobre lo que se habla). Nunca olvidaré mi estupor (y posterior cabreo) cuando en una crítica sobre Atracción fatal, recién estrenada en España, se explicaba con pelos y señales el final (ese, por cierto, que fue añadido cuando el público de los primeros pases rechazó el original) y, por lo tanto, fue imposible experimentar la misma tensión (en el sentido de ir rumiando “¿cómo va a terminar esto?”) que mis compañeros de butaca, jamás perdonaré a Luis Antonio de Villena (entre otras cosas) que, presentando junto a Consuelo Berlanga un libro de Juan Pando el día antes del estreno de Salvar al soldado Ryan, le lanzase una andanada que incluyó revelar el destino de los personajes, el mismo que aparecía bien explícito en su artículo del día siguiente en El Mundo, sin hacer caso de los ruegos del público cuando se vio la deriva que sus palabras tomaban, contraviniendo la regla básica de toda crítica en lo que al oficio se refiere, la misma que vulneró un profesor en la Facultad (José Carlos García Fajardo, ese ser misericordioso y gran rezador, misógino y totalitario -por no decir algo peor-) con Rain Man, gritando para colmo más que en otras ocasiones porque Alejandra se atrevió a decir “¡Ay, no la cuente!” (“¿Ustedes van a ver una película sin informarse primero?”, ahora resulta que estar bien informado es saber cómo termina una historia antes de tener acceso a ella, pero ninguno replicamos, por supuesto, como para menearse cuando el tirano despotricaba). Alfred Hitchcock hizo todo lo posible por que no trascendiera el final de Psicosis en el momento de su estreno, incluso grabó una espléndida presentación en la que confundía y embarullaba un poco más la trama, hizo correr rumores, noticias falsas, todo en aras de preservar la carambola final (esa, por cierto, volvemos a nuestro prólogo, de la que hablamos dando por hecho que todo el mundo la conoce, esa que los nuevos espectadores tienen clara antes de ver la película por primera vez), del mismo modo Rosa Montero (sí, ya regreso al origen, mil disculpas como siempre por mi incontinencia verbal -y escrita-) ruega en los agradecimientos de La carne que el lector guarde silencio, que no revele más de lo necesario, que permita que otros puedan hacer el viaje literario en las mismas condiciones en que ellos lo están concluyendo en ese momento (esto no lo dice, pero lo añado inspirado por sus educadas y pertinentes palabras).
   Y no es que la novela se sustente exclusivamente en las sorpresas de las páginas finales, no es una historia de misterio o narrada en ese código, pero el modo en que la autora, con suma naturalidad, va dando la vuelta a lo que dábamos por sentado, transforma nuestra mirada de manera imperceptible pero certera, manejando los tiempos y los tonos con maestría, imprimiendo un tempo preciso y brillantemente ajustado a sus intenciones, la escritura implacable e impecable que Rosa Montero desarrolla en La carne merece ser conocida sin más, sin tan siquiera esbozar por dónde van los tiros, dejando que sea el cauce de los acontecimientos el que nos conduzca a la velocidad deseada por la autora hasta una conclusión que, más allá de la pericia con que la ha ido difuminando (puede que algún lector perspicaz sea capaz de juntar piezas), satisface y congratula porque, dejando a un lado estos aspectos que la propia Rosa pide se silencien en las recomendaciones que se hagan (esto tampoco lo dice ella, siempre humilde y discreta, lo añado yo porque me parece de justicia, porque es una novela que hay que recomendar mucho y bien alto), cuando uno cierra el volumen es consciente de haber asistido a toda una crónica ácida, autocrítica, con la dosis justa (y necesaria: démonos una vía de escape) de parodia de una sociedad muy reconocible (la nuestra -y en mi caso concreto me toca muy de cerca porque gran parte de los escenarios de mi novela son los del barrio en que vivimos, la calle Vergara es, por ejemplo, la que siempre utilizo en el paseo con Dobby para ir regresando a casa-), una novela en la que Rosa Montero ha sido muy libre, se lo ha pasado muy bien (o al menos es la sensación que a uno le inunda en cada página), ha sabido combinar a la perfección sus diferentes estilos, ha mezclado con suma habilidad su probado oficio, su autoridad a la hora de trazar semblanzas, perfiles, retratos de personajes históricos, integra a la perfección en la trama esta faceta con la de articulista de ojos abiertos, oído atento y humanidad imbatible, dejando muestras esparcidas que no interfieren en la acción (incluso la posibilitan y enriquecen) de su permanente activismo, de su inagotable capacidad para empatizar y defender al débil, al oprimido, al silenciado, al marginado y, por encima de todo, deja claro su pulso firme como novelista, arrastrando al lector con honestidad y sin artificios, con una prosa que rehúye cualquier énfasis o ampulosidad, implicando porque sabe ser cercana, porque Soledad Alegre (¡Qué nombre galdosiano más bien traído!) tiene algo de cada uno de nosotros, porque se erige en portavoz de injusticias -o que nos parecen tales- que sufrimos en el día a día (y aunque podamos poner cosas en común entre ambas, Rosa ha creado un personaje, no es su propio trasunto, no es la autora imponiéndose -de hecho, ella se reserva, con su propio nombre, una aparición muy cómica, descacharrante, toda una declaración de intenciones del aliento principal de La carne, un maravilloso ejemplo de cómo saber reírse de uno mismo-). ¡Qué gran noticia es que alguien a quien tanto se admira por sus entrevistas, por sus reportajes, por sus textos biográficos, por prospecciones íntimas tan mágicas como La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte, por una distopía tan llena de poesía como Temblor, por una novela tan esplendorosa como Historia del Rey Transparente, por trabajos tan diferentes, siga explorando, reinventándose, añadiendo razones para respetarla, quererla y seguirla! (confío en haber cumplido con el pacto de no irme de la lengua, ya ven que ni siquiera he esbozado el argumento -aunque me muero de ganas por poder comentar La carne con Pablo en cuanto la termine-)

lunes, 28 de noviembre de 2016

NO MOLESTEN A LOS FANTASMAS (HABERLOS, HAYLOS)



  



 Las librerías de lance eran (y lo siguen siendo) un paraíso para aquel adolescente que leía desde que tenía uso de razón (el tío Miguel me enseñó las letras en las matrículas de los coches que estaban aparcados en el camino que recorríamos hasta la Dehesa de la Villa), sumergirse en aquellos anaqueles a punto de estallar porque los volúmenes estaban apiñados y metidos con calzador, rebuscar entre los que se amontonaban en las mesas, dejarse sorprender por lo que aparecía en la mano casi por arte de magia, encontrar lo que uno pensaba era inencontrable, rastrear hasta dar con un tesoro largamente anhelado, dejarse atrapar, envolver, cautivar por ese olor a papel manoseado o viejo que parece el perfume más embriagador cuando te asalta sin remisión al abrir un libro, acariciar lomos y portadas, en definitiva, sentirte a tus anchas, hacer realidad el sueño de estar rodeado por libros sin temor a poder quedar sepultado, envidiando a Bastián que fue abducido por La historia interminable y se transformó en uno de sus personajes, recibir innumerables impulsos y despertar (aunque rara vez estuvo, está o estará dormido) el insaciable apetito de lector voraz e infatigable. Y en una de esas incursiones, hace ya mucho tiempo, antes de reconocer el nombre de un autor al que aún no había tenido ocasión de leer (el tiempo es siempre un bien escaso para el que podría vivir en su sillón favorito, bien pertrechado, acondicionado y aprovisionado, abandonándolo lo meramente imprescindible para el descanso y las necesidades ineludibles del cuerpo) y, sobre todo, identificar un título que me había sido recomendado en más de una ocasión, un volumen impuso su presencia anunciando en la portada que me encontraba ante “la mejor historia de fantasmas de toda la literatura universal” y el tiempo se detuvo unos instantes hasta descubrir que se refería a Otra vuelta de tuerca de Henry James, como ya digo alguien sobre quien había escuchado elogios encendidos de algunos de mis maestros en la aventura lectora, quienes habían mencionado en concreto la narración que servía como título a la recopilación de algunas de sus novelas cortas (o relatos largos, como se prefiera, en realidad una mezcla de seis piezas de variada extensión, hay una -Lo mejor de todo, traducido como el resto por Soledad Silió- que ocupa menos de veinte páginas mientras que otras -En la jaula y la que da nombre al conjunto- se desarrollan en unas cien) que se presentaba como manjar apetitoso y no tardó en ser abonada junto a las otras piezas hechas mías aquella tarde. Poco podía imaginar que lo que iba a descubrir entre sus páginas era mucho más de lo que esperaba porque Henry James practicó con maestría, esmero y profusión diferentes géneros, estilos y longitudes según lo que cada narración precisase, y a la sorpresa inicial de que Otra vuelta de tuerca no fuese una historia de fantasmas al uso (al menos no respondiese a aquello que uno, aún en pañales en el asunto, tenía como esquema clásico y recurrente) se fue sumando el hecho de que sus compañeras de volumen fuesen, como suele decirse, cada una de su padre y de su madre, en el sentido de que, más allá de ciertos rasgos estilísticos, de ciertas características comunes, de la firmeza en el trazo, de la hondura psicológica, de un pulso que reconocer como sello del autor, poco tenían que ver entre sí e incluso algunas no podían ser catalogadas de “historias de fantasmas” (aunque entre ellas se encontraba El banco de la desolación, una de las cumbres jamesianas), pero no me sentí estafado porque con lo que temblé gracias a Otra vuelta de tuerca me llegó para el resto, al margen de que James sabe provocar angustia, aprensión, malestar, incomodidad o terror de mil formas distintas y de manera sutil, imperceptible, te rodea de una atmósfera ominosa y opresiva antes de que puedas percatarte de ello, y cuando te das cuenta ya es tarde para abandonar la lectura (y el miedo se experimenta con sumo placer gracias a su deslumbrante prosa).
   Seguí picoteando aquí y allá en la producción del autor nacionalizado británico al final de su vida aunque nacido en Nueva York, pero el acicate definitivo para convertirme en uno de sus más rendidos admiradores lo recibí, como tantas cosas, cuando conocí a Pablo, apenas habíamos cruzado unas cuantas conversaciones (varias a través del ordenador) cuando, compartiendo desde el principio pasiones literarias, me dijo que le gustaba mucho escribir y que se conformaría con tener una sola obra, no le importaría no ser capaz de nada más, siempre que esta pudiese ser comparable a Retrato de una dama. Puesto que la adaptación de Jane Campion me había dejado bastante frío, la novela llevaba mucho tiempo en casa pero no había pasado de hojearla un tanto distraídamente en alguna ocasión, como los lazos afectivos se iban estrechando a gran velocidad, puesto que Pablo iba a venir a Madrid en breve, pensé que nada mejor que hacer coincidir su vista con mi lectura, auspiciado por los elogiosos, vibrantes y emocionados comentarios con los que Pablo me fue allanando el camino para que esa obra magistral que deja pequeño cualquier adjetivo por muy encomiástico que sea me obligase a pasar páginas casi en un estado delirante (y son unas cuantas, depende de la edición: Penguin Clásicos la publicó en 2015 en la misma colección que el volumen que en seguida desgranaremos y en esa oportunidad alcanzó más de 800), bebiendo el texto con ansia pero pudiendo deleitarme, perplejo ante la brillantez de un autor prolijo y detallista que, al mismo tiempo, sabe mantenerse en una ambigüedad e inconcreción que permite a los personajes mantenerse vivos, no caer en lo arquetípico, guardar alguna sorpresa, ser tan enigmáticos como, incluso sin pretenderlo, nos resultan los que nos rodean o podemos serlo nosotros para los demás, no siempre es fácil adivinar cómo actuaremos a continuación, resulta imposible tenerlo todo previsto, James es un maestro en despejar incógnitas aunque su hábitat casi natural es la tierra de nadie, lo que no puede explicarse, lo que sencillamente sucede, esas zonas de penumbra que nunca somos capaces de iluminar convenientemente, la rareza cotidiana de vivir y convivir, en realidad, la mayoría de sus historias podrían ser consideradas de terror, de una forma u otra, en un sentido muy amplio, una de sus máximas virtudes (y abunda en ellas) es la de mezclar lo real con lo sobrenatural hasta conformar un conjunto indisoluble, algo fácilmente perceptible si estamos mínimamente atentos y no nos encastillamos tras el racionalismo más atroz y reduccionista, no hace falta tener una imaginación desbocada (de hecho, no es buena consejera en estos asuntos) para percatarse de los variados sucesos que protagonizamos o de los que somos testigos y que después somos incapaces de narrar, concretar, explicar(nos), comprender, desentrañar los porqués o el cómo.
   Todos estos aspectos y otros muchos quedan perfectamente desarrollados (y disfrutados) en el gozoso volumen que, con el título genérico de Fantasmas, Penguin Clásicos editó a principios de 2016, siguiendo la recopilación que Leon Edel, una de las máximas autoridades (si no la máxima) en Henry James, llevó a cabo en 1948 de los dieciocho relatos del autor que se han considerado de temática fantástica, aunque se ha optado por incluir el prólogo y los prefacios a cada narración (reveladores y apasionantes, pero, como el propio Edel indica, es conveniente dejarlos para el final, leerlos como complemento y, así, evitar revelaciones que estropeen las inevitables y deseadas sorpresas de una primera lectura) que el editor y estudioso reelaboró y añadió para la edición definitiva de 1971, titulada Stories of the Supernatural para incidir en los aspectos psicológicos y dar cuenta del interés de James por las ciencias ocultas. Fantasmas sólo ofrece doce relatos, puesto que Otra vuelta de tuerca ha tenido su propio volumen en la colección, al igual que los cinco restantes aparecieron en la antología titulada Relatos, llevada a cabo por Luis Magrinyà y también aparecida en el mismo sello, pero eso no supone ninguna merma ni se resiente la calidad del conjunto, en parte porque a Henry James siempre se le está descubriendo, siempre resulta nuevo, porque cualquiera de sus páginas merece un lugar de honor, porque ya en sus cuentos más tempranos se percibe el talento aunque sea incipiente, aunque se pliegue a ciertas convenciones, aunque aún titubee y esté probando, la ordenación cronológica de Fantasmas permite comprobar su evolución, cómo fue dejando atrás rémoras o vicios de principiante, cómo fue desplegando su incontenible arte, cómo fue llenando su pluma de intenciones, de puntos suspensivos, de matices, cómo fue engrandeciendo su prosa, cómo regresó a temas que le preocupaban, cómo trabajó incansablemente, cómo cuidaba, meditaba y no descuidaba ningún detalle, cómo, sin artificios ni alardes de virtuosismo, sin obviedades ni simplezas, fue descorriendo velos o, cuando le convino como recurso dramático, añadiendo los propios a las peripecias vitales de sus personajes. El volumen se completa con ¿Hay vida después de la muerte?, un ensayo aparecido en Harper´s Bazaar en 1910, quizás excesivamente teórico, pero que demuestra el concienzudo trabajo de investigación y documentación que Henry James llevaba a cabo antes de escribir, combinando intereses particulares con el deseo de responder algunos interrogantes que, quien más quien menos, todos nos hemos planteado en alguna ocasión, motivo por el que sus historias siguen cautivando y han trascendido cualquier género en que puedan ser englobadas, razón por la que sus escritos son más pertinentes y actuales que muchos de nuestros contemporáneos, no hay más que abrir Fantasmas por dónde se quiera, incluso al azar (me permito recomendar por encima de los demás, El alquiler del fantasma -con traducción de Carlos Pujol y Vicente Riera-, Nona Vincent -con traducción de Luis Magrinyà- y La vida privada -con traducción de María Luisa Balseiro-), para confirmar (o descubrir) que la prosa de Henry James está en plena forma, lista para ser vivida (y sentida)… incluso más allá de la propia vida (y como el propio autor dijo, si alguien opta por no creer en los fantasmas porque así se siente más seguro, que al menos no los moleste… por lo que pudiera pasar).

viernes, 11 de noviembre de 2016

DE HOMENAJES Y OTROS DESASTRES



  

 Suele decirse mucho aquello de “que Dios te libre del día de las alabanzas”, porque bien se ha demostrado que, en cuanto se hace público el fallecimiento de alguien a quien en vida negamos el pan y la sal o, sencillamente, ignoramos (y no nos referimos sólo a prestar más o menos atención, sino a no saber nada sobre su obra y méritos, a, directamente, desconocer su existencia), empiezan a proliferar como las setas después de unas buenas lluvias (sobre todo ahora gracias a las redes sociales) panegíricos, lamentos, obituarios, evocaciones, recordatorios que en demasiadas ocasiones son fruto del copiar y pegar o del compartir que tanto abunda por aquí, ese querer formar parte de lo que se percibe como mayoría, ese no quedarse fuera del sentir general (o de lo que es así llamado) aunque ni se lea lo que se retuitea (y eso que el tope son 140 caracteres, no digamos nada si se trata de artículos, reportajes, textos más largos o vídeos que superen el minuto y medio de duración -seamos generosos con el tiempo que alguien está dispuesto a dedicar a algo antes de seguir navegando, saltando de aquí a allá, pegando más brincos virtuales que una ficha de parchís que se va merendando las del equipo contrario-), hay mucho papanatismo en ciertas glosas que, según de dónde o quién vengan, sólo sirven para confundir al receptor (sin ir más lejos, hoy mismo, al despedir a Leonard Cohen hay muchos que hace apenas un mes recriminaban a la Academia Sueca la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan y ahora, tal vez también lo hicieron en su día, la contradicción es la misma, se deshacen en elogios hacia el jurado que concedió al autor de Suzanne el Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 -entonces se llamaba así, ¡con lo fácil que hubiese sido, puesto que es lo que es, denominar al galardón con la palabra Principado y, así, no hubiese practicado, una vez más, ese machismo ancestral, consentido, refrendado, latente y palpable!-, te topas con gente que en infinidad de ocasiones han hecho mofa del modo de susurrar canturreando de Cohen o le han considerado un antídoto infalible contra el insomnio -un servidor, sin ir más lejos, no lo oculto, por eso guardé silencio en mi muro de Facebook, no me alegra su muerte, desde luego, pero tampoco la siento como una pérdida en lo que a mi particular mitología de gentes a las que adorar se refiere-, pero ahí están colgando vídeos del artista o la traducción de alguna de sus canciones y hablando de su maestría y utilizando calificativos de los que se ha burlado mil veces cuando eran otros los que los empleaban para cantar, nunca mejor dicho, las excelencias que ellos encontraban en aquel que musicó esplendorosamente, a cada uno lo que es de cada uno, el Pequeño vals vienés de Lorca -me refiero a conversaciones privadas, a charlas distendidas en las que no se utilizan caretas ni imposturas (o eso queremos creer cuando entramos en el terreno más íntimo), aunque he sorprendido a uno que expresó su descontento en público y ahora parece el admirador más desolado del mundo-). Pero, por otro lado (o siguiendo en el mismo en realidad), en España solemos ser muy ingratos, muy cicateros, muy poco o nada pródigos en homenajes, reediciones, reposiciones, celebraciones, estudios, relecturas (tampoco es que destaquemos demasiado en lecturas, ¡como para repetir! ¡Qué ingenuo es uno!), reivindicaciones, recuperaciones, en la salvaguarda de nuestro legado cultural, ahí está la diferencia entre lo sucedido durante este 2016 en torno al IV Centenario de la muerte de Cervantes y al de Shakespeare, aunque a los ingleses, a los británicos en general, no les hace falta esperar a una fecha señalada para festejar a sus autores, no se ven obligados, como en estos lares, a lanzar fuegos de artificio que no dejan huella, a preparar un tanto a la carrera, cuando se hace, solemnidades huecas que estallan como las burbujas del champán con que en estas ocasiones (y en tantas otras) brindan las autoridades de cara a la galería, organizando y utilizando el acto para su mera promoción personal. Aquí todos los esfuerzos se van en localizar unos huesos, más, de nuevo, como posible medalla que alguien pueda colgarse que como acto de justicia, de honra necesaria, de estímulo y auténtico logro para que un escritor universal forme parte (como sí sucede con el Bardo en su tierra natal) del sentir popular, de aquello que se hereda y siente como propio, que se vive cotidianamente, que no hay que esforzarse para conocer y amar (aunque ellos no bajan la guardia, por eso consiguen esa implantación gozosa, no hay dolor ni sangre, es el público quien lo demanda, son los niños los que aprenden fragmentos o participan en montajes amateurs sin vivirlos como una obligación sino como una diversión), aquí se pierde el tiempo en discusiones que descienden a lo más bajo (e incluso rastrero), que olvidan el motivo principal de las mismas (y la altura intelectual, las posibles aportaciones, la devoción que a veces es tan sólo supuesta por Cervantes) para saldar cuentas pendientes y poder exhibir el título de “máxima autoridad” con que sentirse por encima del resto, pero de hacer pedagogía, de enseñar, de infundir y difundir, de aquello que consiguió con enorme naturalidad y proporcionando disfrute y deleite una serie de animación (que uno no dejará de añorar y reivindicar), consiguiendo que, con apenas 10 años, más de uno intentase (y concluyese) la maravillosa aventura de adentrarse en las páginas de ese libro al que siempre nos referimos como El Quijote.
   Así, por ejemplo, el pasado 29 de septiembre se cumplían cien años del nacimiento de Antonio Buero Vallejo, un nombre imprescindible para hablar, entender y amar el teatro español del siglo XX, pero no había en cartel ninguna de sus obras, algún acto aquí (sin la dimensión ni la proliferación que hubieran sido deseadas) y una exposición allá (un tanto raquítica y mal promocionada) ha sido todo a lo que ha podido recurrir el espectador que anhela mantener la memoria viva y activa (y a la página web de RTVE donde, con cierto descuido -característica general, por desgracia, del modo en que se trata ese magnífico archivo de lo que en su día fueron emisiones que inyectaban el dulce veneno del teatro-, pueden encontrarse algunas páginas doradas de los espacios dramáticos que TVE emitía en horario de máxima audiencia -sí, era la única, sí, siempre ha sido un juguete a mayor gloria de quien detentase el poder, sí, se ha utilizado sin recato como difusora de propaganda, ¡pero hay que ver cuánto le debemos en lo que bagaje cultural se refiere!-, muchas de las cuales se deben a escritos originales del dramaturgo guadalajareño). Algunos han escurrido el bulto alegando la poca o nula predisposición y colaboración de los herederos de Buero, aquiescencia que no es imprescindible en según qué asuntos, por un lado, aunque esto colisiona frontalmente con lo que su viuda, la actriz Victoria Rodríguez, declaraba recientemente en una entrevista concedida a ABC cuando Juan Ignacio García Garzón se extrañaba de que ningún teatro público hubiese programado este año alguna obra del autor: “Claro, parece que para eso no hay dinero. Y además, le voy a contar más cosas, ha habido un director que quería montar Las cartas boca abajo y yo hice gestiones para que en Castilla-La Mancha le programaran en algún teatro. Pero no ha sido posible, y si usted ve las cosas que hay allí anunciadas se le caen los palos del sombrajo. Supongo que es consecuencia del chanchulleo político que hay, no quiero pensar que sea por no hacer un Buero”. El caso es que, más allá de que se le siga estudiando en institutos y universidades (aunque ignoro con qué intensidad y detenimiento, al menos cuando cursé COU, entre 1987 y 1988, Historia de una escalera era uno de los textos obligatorios en la asignatura de Literatura, de hecho fue una de las preguntas que hubo que responder en el examen de Selectividad), Buero Vallejo siempre queda un tanto arrinconado, hay quien no le perdona su aparente connivencia con el franquismo, se le reprocha que optase por seguir escribiendo pese a la censura, se pasa por alto su condición de represaliado (lo importante es lo que escribió, pero ya que algunos sacan a relucir lo meramente político para considerar dignos de recuerdo a unos, que no siempre merecen la atención que se les presta, convendría entonces conocer también la peripecia vital de alguien que, por ejemplo, estuvo afiliado al Partido Comunista y trabajó por su reorganización tras la Guerra Civil, compartió presidio con Miguel Hernández, estuvo condenado a muerte, fue prohibido por esa censura contra la que hay quien llega a afirmar no luchó, la esquivó con argucias literarias, con sutilezas, alegorías y simbolismos que conforman un espléndido corpus dramático que todavía apabulla y conmueve), se ignora qué y cómo cuentan injusticias, miserias, tragedias, enfrentamientos contra el opresor, cómo se persigue, aboga, defiende y clama por la libertad en creaciones como la ya citada Historia de una escalera (estrenada de tapadillo y para cumplir con las bases del Premio Lope de Vega, que sorprendentemente obtuvo, puede que el jurado se quedase en lo superficial, como tantas veces la censura que sólo prohibía lo obvio, lo que no se andaba con tapujos ni recurría a subterfugios -aunque les colaron golazos de antología-, o aquellos que debían controlar el fallo no supieron hacer su trabajo represor, un éxito clamoroso e inmediato que no se pudo evitar/ocultar), se desconocen La fundación, Un soñador para el pueblo, El tragaluz, El concierto de San Ovidio u Hoy es fiesta, impactos en plena línea de flotación del franquismo aunque algunas puedan parecer ingenuas, conformistas, nada combativas.
   Sí lo fue, y mucho, otro nombre a recuperar, Alfonso Sastre, de hecho se enfrentó a Buero, el llamado y reconocido posibilista, su opuesto porque Sastre abogaba y denunciaba la imposibilidad de escribir bajo el yugo de la censura, presentando a pesar de todo (o precisamente por ello) un teatro claramente comprometido, vigoroso, potente, todo un escupitajo en el rostro del Régimen que, en cuanto fue consciente de la fuga que suponía Escuadra hacia la muerte en su férreo muro de contención, se aplicó con la furia represora habitual y prohibió las representaciones de esa función en el María Guerrero en 1953 (dirigida por Pérez Puig e interpretada por, entre otros, Adolfo Marsillach y Juanjo Menéndez), sólo tres días después del estreno, no regresando a las tablas comerciales, al teatro público o privado (sin embargo, era el texto que más elegían estudiantes como trabajo de fin de curso o carrera, así como muchas compañías amateur), hasta hace poco más de un mes en que, en un acto de pura justicia, se reestrenó con todos los honores en el mismo lugar en que fue apeada de escena, es decir, el María Guerrero, actualmente una de las sedes del Centro Dramático Nacional. Es una lástima que Paco Azorín haya pensado que el texto debía retocarse, manipularse, variarse, reforzarse (como si lo necesitase) con las palabras de Bertolt Brecht (por mucho que entronque con Sastre, cada uno es cada uno y merece su espacio y nuestra atención sin interferencias ni remezclas, en todo caso, que se anuncie que el texto es un refrito, una adaptación, una versión, una inspiración, que no se utilice el nombre de nadie en vano o dando, en parte, gato por liebre), recargarse con proyecciones, sonidos, no dejarlo expresarse por sí mismo, ahogándolo en una escenografía que termina por jugar en contra del montaje al fagocitar lo fundamental, es decir, la palabra, aquella que se prohibió, reprimió, silenció, la que es magnífico se pueda conocer, representar, difundir y, de nuevo, sin tener que incidir en lo político para que alguien lo lleve a cabo, claro que hay mucho de ello en cada palabra, en cada personaje, pero lo que queda es el conjunto, la calidad de un autor más allá de posicionamientos, ideologías y filiaciones, una época a seguir estudiando que no precisa de actualizaciones, retoques, atribuciones, estrambotes, reinterpretaciones, al menos hasta que la conozcamos suficientemente, y si algo se queda antiguo, porque así sucede, si lo que en su día fue rompedor, novedoso, bien recibido (o prohibido) pierde validez, fuerza, pertinencia -ojalá así fuese en parte, ojalá se pudiese hablar en pasado de ciertas catástrofes, de ciertos dramas, de muchos desastres, aunque el triunfo de Trump, por no referirnos a lo que tenemos más cerca, hace pensar que aún se necesitan autores como Sastre o Buero que, con un tono u otro, den esperanzas o aporten desolación (cuando no las dos cosas alternativamente), den voz a los que sufren, a los que no se escucha, saquen a la luz los desmanes, los crímenes, los abusos-, si algo queda como testimonio de otro momento, así debe ser, es decir, no negar la Historia, no cambiar las palabras de nadie. De todos modos, a pesar de la estridencia del montaje, de ese ruido que, dando al término el sentido que tiene en el mundo de la comunicación, ensucia el mensaje, obstruye el discurso, a pesar de ese clamoroso error de casting que es Julián Villagrán, a pesar de que se ha reducido a Sastre y menguado su voz tronante, si Escuadra hacia la muerte les pilla a mano puede ser un buen primer paso para entrar en el universo de un autor que debe seguir representándose, igual que Buero Vallejo y tantos otros.