martes, 23 de agosto de 2016

MUCHOS LIBROS SON PARA EL VERANO





   Antes de saber quién era Faulkner ya vivía (y esperaba con impaciencia) el largo y cálido verano -título, por cierto, que corresponde a una de las partes en que divide El villorrio, no es el de ninguna de sus novelas como a veces afirman gentes sin conocimiento por mucho que publiquen, hablen, aparezcan en medios de comunicación-, así es cómo recuerdo esos meses si me remonto a mis primeros años, fueron varias las ocasiones en que no hubo posibilidad de salir de veraneo, no eran años muy boyantes, y, por lo tanto, fui niño (aún más) urbanita, viví eternas sobremesas en las que el sopor, el silencio, un sol implacable y aplastante se imponía, pero era agradable resguardarse en casa de la tía, bajaba todas las persianas, mantenía el fresquito, yo me tumbaba en una sábana vieja en el sueño, dormitaba un poco después de la serie de sobremesa (mientras el tío Miguel dormía el final de la etapa del Tour), escuchaba música con los cascos, esperaba que el calor fuese dando tregua, que los rayos del sol perdiesen fuerza y no diesen directamente en el patio para salir a sentarme y leer junto a la abuela que cogía una revista y “echaba un rato” antes de ponerse con la cena (también salía la señora Matilde, una vecina de toda la vida, también con alguna revista -se las intercambiaban-, aunque le gustaba mucho pegar la hebra y a veces era imposible concentrarse en el libro). No negaré que en algún momento la rutina se hacía un poco cuesta arriba, que a veces me apetecía algo más de actividad, incluso hubo ocasiones en que estaba deseando que algún fin de semana fuésemos a ver a los Cela a Morata de Tajuña (ya ven qué desesperado puede llegar a estar uno a veces -aunque no negaré que hubo momentos muy divertidos e inolvidables, entre ellos los asociados al tiempo en que Emilio, el hijo de la familia que tenía mi misma edad, y yo empezamos a juguetear, a sobarnos, a tener relaciones -pero eso, hasta que algún día me anime a contarlo más prolijamente, queda por el momento sólo esbozado, explicando, eso sí, que cuando empezamos con la historia ya teníamos unos trece años o así-), que me agobiaba un poco el momento de regresar a las aulas y escuchar como la mayoría de mis compañeros habían dejado Madrid al menos unos días, pero en ese sentido siempre he sido de fácil conformar, al menos venían de visita los nietos de la señora Matilde que vivían en Bilbao y alquilábamos películas (cuando llegó el vídeo), siempre íbamos al Parque de Atracciones, hacíamos alguna excursión, al margen de que teniendo cerca libros o los cines del barrio que en esa época aún funcionaban a pleno rendimiento, mis entretenimientos más queridos (y para los que no necesitaba a nadie -bueno, algunos sábados iba con los tíos, primero a comer una hamburguesa, y vimos maravillas como Papillon, El color púrpura, Carros de fuego, Amadeus y algunas otras-, pero no había que ), pudiendo dedicar todo el tiempo del mundo a mis pasiones, sin interrupciones molestas (es decir, clases, deberes, exámenes), parecía que el verano no iba a terminar nunca, es por eso por lo que antes decía que, a pesar de los rigores de Madrid en esos meses (sí, ahora andaremos con lo del calentamiento global, las olas de calor africanas y todo lo demás, pero antaño había que economizar, las casas no estaban acondicionadas, las altas temperaturas -y las bajas- se sentían con más intensidad), el verano era una meta, una liberación, un triunfo, una enorme alegría que se iba fraguando meses antes, sobre todo en lo que a acumular libros se refiere, aunque siempre he sido voraz en ese terreno, aquellos tomos de Los Cinco Investigadores que se me antojaban más apasionantes (bien porque Joaquín ya los había leído y decía que era los mejores, bien porque sólo el título ya prometía emoción a raudales), algunos de Agatha Christie que quedaban aparcados, libros de mayor enjundia según fui creciendo y la complejidad (o volumen) de lo estudiado obligaba a dedicarle muchas horas, siempre iba elaborando una lista para el verano, inacabable, imposible cumplir los objetivos, hubiese necesitado más meses, pero sí fueron cayendo La historia interminable, El nombre de la rosa, Cumbres Borrascosas, El largo adiós, Jane Eyre, Capitanes y reyes, no me cabe duda que esos los leí en verano -Madame Bovary no, El amor en los tiempos del cólera tampoco-, también en verano (ya en la época universitaria) intenté el Ulises, era una promesa que le había hecho a mi querida Mercedes, esa maestra, incluso leí primero la Odisea -que me entusiasmó-, pero Joyce pudo conmigo -como me decía una amiga de aquel momento, se me veía el sufrimiento mientras pasaba páginas, intentando convencerme de que me gustaba-, nadie es mejor ni peor por el hecho de haberlo terminado y comprendido, sobre todo porque más de uno de los que afirman haber hecho ambas cosas seguro que mienten, sobre todo en lo segundo -hay quien confiesa, exigiendo anonimato y discreción, no soportarlo pero no lo dice en voz alta “porque me mirarían mal”-.
   Y el caso es que para este verano achicharrante reservé una lectura que me apetecía porque la esperaba como ha sido, refrescante, adictiva, veloz, emocionante, se trata de la segunda novela que Maurizio de Giovanni ha dedicado al inspector Lojacono, Los bastardos de Pizzofalcone, que apareció a principios de año en la tantas veces aplaudida en este blog colección Roja & Negra de Reservoir Books. El arpa sonó hace un tiempo al ritmo que el escritor napolitano inspiró desde la serie que le ha hecho tremendamente popular y que en España publica Lumen, las historias protagonizadas por el comisario Ricciardi en el Nápoles de los años 30 en pleno apogeo del fascismo, era tiempo de regresar a sus páginas y detenerse un poco en estos libros que retratan una ciudad que el escritor conoce muy bien porque es la suya, porque sigue residiendo allí, porque la convierte en uno de esos escenarios que tienen influencia sobre los personajes, que a ratos parece uno más, porque no hay reconstrucción histórica, porque habla de ahora mismo, del momento en que escribe, porque es un castigo para Lojacono, le destinan allí como destierro, para que pague unos crímenes que no ha cometido, porque es alguien permanentemente desubicado, también (o sobre todo) en las relaciones personales (de Giovanni parece tener predilección por héroes que no pretenden serlo, que arrastran cargas muy pesadas, que por unas razones u otras se enclaustran en un comportamiento poco comunicativo cuando no directamente asocial), porque, sin embargo, va aceptando que ese es ahora su lugar (decir “hogar” tal vez sea decir mucho), que lo mejor que puede hacer es seguir siendo fiel a sí mismo pero asumiendo que pertenece a Nápoles, que ahí debe sobrevivir, y el caso es que su perspectiva ha cambiado del primer título -El método del cocodrilo- a este segundo, ha adquirido otros matices, “el inspector iba cambiando de idea sobre aquel lugar tan extraño. Había dejado de considerarlo sólo una especie de cárcel, un destierro al que lo habían condenado a causa de una maldita difamación, una pena impuesta sin juicio ni procedimiento contradictorio, y estaba intentando conocerlo mejor, aunque más no fuera para poder trabajar ahí; un policía, pensaba, debe respirar la ciudad en que trabaja. Debe saborear sus silencios, sus vacilaciones; olfatear el miedo y la desconfianza, la indiferencia y la arrogancia para poder combatirlas, de lo contrario, está acabado”.
   Y ahí es donde de Giovanní entronca con Simenon, pendiente del estado anímico de los involucrados en un crimen más que del propio crimen, primando esas emociones que van a proporcionar claves, nos van a ayudar a comprender por qué se cometió ese asesinato y de ese modo, la explicación va a ser siempre coherente, verosímil, en ocasiones ha estado delante de nuestros ojos desde el principio, sin duda hay que aplicar la lógica, hay que mover las células grises de Poirot, pero también utilizar el corazón, atender al comportamiento humano como hacen la señorita Marple o el padre Brown, desentrañar el lenguaje oculto de gestos, rutinas, ruptura de las mismas, analizar los afectos y desafectos de la víctima (y de los sospechosos), así lo escribe de Giovanni en un momento dado hablando del trabajo policial, “Llegarán. (…) Escarbarán en las frases, en las expresiones. Tratarán de captar el dolor de los sentimientos, husmearán como perros en busca de un motivo para el odio. (…) no hurgarán en el amor. Sin embargo, a veces es precisamente el amor lo que pone fin a la vida”. Puesto que en Italia ya se han publicado tres títulos más, podemos afirmar que El método del cocodrilo fue una presentación, una especie de estimulante prólogo para que la serie cogiese impulso, y que con Los bastardos de Pizzofalcone ésta arranca sin remisión, claramente tributaria de las novelas de Ed McBain pero con su propio aliento, con particularidades que la caracterizan, emparentando con la de Ricciardi por el tono amargo, por cierta estructura a la que de Giovanni parece aferrarse pero con la que siempre consigue despistar o al menos sembrar dudas cuando todo puede parecer bastante claro, por su ritmo implacable pero jamás acelerado, por el retrato preciso y detallista de personalidades que enriquece la trama, la bifurca, por una ambigüedad muy medida en las páginas en primera persona, recurso que es una de sus señas de identidad, a veces redundante o un tanto forzado, pero en general muy acertado y controlado para que no rompa las costuras de lo meramente policiaco. Y es ahí donde se permite reflexiones, emociones, confesiones, textos en apariencia inconexos que van encontrando su lugar según el lector avanza, que incluso variarán el tono con que fueron leídos al tener claro quién los pronuncia, quién se lamenta, quién habla consigo mismo, que se interpreten de forma diferente cuando se acoplen definitivamente, cuando las piezas que de Giovanni gusta disgregar durante muchas páginas van encajando en la posición adecuada, pistas lanzadas al aire que a veces se desechan y otras se captan a la primera, no importa, más allá del necesario y bien trenzado interés por quién cometió el crimen, lo que al autor le preocupa aún más, lo que atrapa al lector, es la telaraña de pasiones que siempre teje, empezando por la que se establece entre los personajes principales, esos que, junto a los ya conocidos Lojacono, a Letizia, a Marinella, a la dottoressa Piras, son presentados aquí y dan título a la novela, ese grupo de policías conocido como “los bastardos de Pizzofalcone” y que, a buen seguro, nos van a hacer pasar muy buenos ratos (si se publica pronto el siguiente tomo, tal vez no espere en esta ocasión hasta el próximo verano: de Giovanni engancha).

domingo, 21 de agosto de 2016

AQUELLAS MUJERES, NUESTRAS MADRES





   Con motivo de la histórica reposición de Cinco horas con Mario vivida hace pocos meses (ya es histórico el montaje en sí mismo, lo que supuso, lo que provocó, el hito en que se convirtió, aún más lo ha sido que treinta y siete años después de su estreno Lola Herrera, aunque ya lo había hecho con anterioridad, se haya reencontrado con un texto y un personaje que nadie puede habitar, defender, lanzar al público como ella -pasarán los siglos, vendrán otras, a muchas ya no las veremos, tal vez en el siglo XXIII tengan su propia y magnífica Carmen Sotillo, por ahora resulta imposible imaginarla con otro rostro, otra voz, otra piel-), apareció una crítica en la que su autor decía que ahora por fin había comprendido lo que Delibes quería contar, que la primera vez que leyó la obra sacó la conclusión de que Carmen era una bruja que había hecho la vida imposible a Mario, que tantos años después había podido ser ecuánime y sentir lástima, compasión, simpatía por ambos, especialmente por ella (no he podido encontrar el artículo original, cito de memoria y reiventando, lo que sí es literal es lo que afirmaba sobre sus primeras impresiones). Ignoro cuándo tuvo este señor su primer encuentro con una novela (ese es el origen: por desgracia aún se oye en el teatro antes de la función a mucha gente que desconoce tal dato), pero el caso es que Cinco horas con Mario se publicó en 1966, tenía la urgencia de lo inmediato -la esquela que servía de introito a la narración da testimonio de que el óbito tuvo lugar el 24 de marzo de 1966-, era un testimonio en carne viva, un reflejo de lo que estaba sucediendo, de lo que se consideraba “normal”, de lo que era reflejo de “una moral intachable” y un respeto a “las buenas costumbres”, era un auténtico grito, tal vez tan estupendamente camuflado por el autor para sortear la censura, la reprobación, el rechazo, para conseguir sus objetivos antes de ser descubierto, tan sutil e inteligentemente armado y presentado que a muchos pudo/debió parecerles algo inocuo, incluso intrascendente (al fin y al cabo, se trataba de “asuntos de mujeres”), más de uno no supo captar lo revolucionario, lo transgresor, lo valiente, lo implacable de la novela (de hecho, el propio Delibes confesó que, cuando llevaba como cien páginas de una primera versión muy diferente en estructura, tono y estilo, tuvo que frenar “porque aquello no funcionaba con Mario vivo. Afortunadamente esta vez vi la luz, ayudado por la censura, porque lo que decía Mario no lo iba a permitir” y, por lo tanto, optó por “matar a Mario y verlo a través de su mujer, cuyos juicios eran oficialmente plausibles”). El caso es que pensé en regresar a la novela, que no he vuelto a leer desde que estaba incluida como uno de los textos sobre los que podían preguntar en Selectividad (en ese momento fue una relectura, porque desde que cayó en mis manos El camino -conocida gracias a la adaptación televisiva que dirigió Josefina Molina, directora asimismo del montaje teatral que nos ocupa-, precisamente el mismo año en que Los santos inocentes se convertía en un triunfo absoluto en los cines de medio mundo, había devorado cualquier título de Delibes al que hubiese tenido acceso), pero los tomos con las obras completas del autor vallisoletano se encontraban ocultos y con difícil acceso (había tenido que poner a mano otros, los volúmenes se acumulan en lugares insospechados) y, por así decirlo, se me fue pasando la fiebre (aunque, dicho queda, sé que terminaré por cumplir ese deseo).
   Lo que no dejó de rondarme fue cierta comezón, cierto malestar porque alguien hubiese malinterpretado de ese modo el personaje de Carmen, esa lectura aún la hacía más víctima de una (mala) educación plagada de dogmas, prejuicios, imposiciones, obligaciones, servidumbres, incluso ella misma es implacable consigo por momentos (la connivencia con los verdugos es el peor lastre, el más difícil de erradicar, esa es su mayor victoria), un magnífico retrato (por veraz, por comprensivo, por altavoz) de una mujer que, lamentablemente, aún nos es (o debería serlo: no miremos hacia otro lado) muy próxima, muy reconocible, muy contemporánea. Y, al evocar esos años de instituto, me vino a la cabeza otro de los títulos obligatorios para Selectividad, Nada de Carmen Laforet, un libro sin duda importante más allá de ser el primer Nadal, toda una sorpresa y un triunfo que se alzase con el triunfo y fuese publicado (y adaptado al cine poco tiempo después), parece impensable que en 1945 se consintiera el acceso a una voz que se expresaba sin filtros ni manierismos ni reparos (la autora siempre marcó ciertas distancias y dijo en innumerables ocasiones que no era una autobiografía, pero sus hijas han declarado que lo hacía para que su familia no se ofendiese o afectase más de lo debido), una voz joven que denunciaba (desde lo aparentemente anodino, para algunos sería algo trivial, no fueron capaces -nunca lo eran más allá de las obviedades, eso que salimos ganando a pesar de todo-) el aburrimiento existencial a que se veían abocadas tantas mujeres con inquietudes, ese caldo espeso en que se anegaban y cercenaban anhelos, curiosidades, aptitudes, manifestaciones, intelectos, sensibilidades, incluso frivolidades y veleidades, potencialidades, realidades. Pero, aun captando y reconociendo sus virtudes, nunca me atrapó la prosa de Laforet, volví a leerla en la Universidad pero seguí sin pillarle el punto, puede que todo se debiese a que, casi al mismo tiempo que leía Nada por primera vez, descubrí a Carmen Martín Gaite, Entre visillos, otro premio Nadal, y con ella sí me sentí arrebatado, de hecho recuerdo que la leí compulsivamente, que debió durarme dos o tres días porque me absorbió completamente, que se convirtió desde ese temprano conocimiento en una de mis escritoras (y escritores) favoritas, que sin ella pretenderlo anuló al resto (a ella sí estoy regresando, precisamente en estos días, también incorporaré algún título que aún tengo pendiente, tiempo habrá para que el arpa suene bajo los auspicios de LA Martín Gaite -¡Ay, ese “la” admirativo, cómo me place!-).
   Y el caso es que Pablo me había regalado en nuestro último aniversario El volumen de la ausencia, novela con la que Mercedes Salisachs ganó el Ateneo de Sevilla en 1983, ella misma sirve como ejemplo de lo mal mirada que estaba una mujer con aspiraciones artísticas, más habiendo recibido lo que entonces se llamaba “una educación esmerada” y formando parte de una familia “con posibles” o “pudiente” o, directamente, “rica”, tuvo que enfrentarse a los suyos y pelear por lo que, en contra de lo que algunos afirman, no le regalaron ni pusieron fácil, siempre se enfrentó a los prejuicios de los que la veían como una diletante, una mojigata, una dogmática conservadora, una cosa es o puede ser lo que ella votase, defendiese, rezase o dejase de rezar en su vida privada, pero sus novelas cuestionan a la sociedad del momento, a la burguesía, a los que se erigen en autoridades morales, socava los cimientos de la doctrina dominante, da voz a mujeres (y hombres) que se sienten atrapados en los esquemas heredados o impuestos, tiene personajes que, por supuesto, mantienen y reproducen los clichés imperantes, no para defenderlos o difundirlos como algunos (los que no se molestan en leerla) creen, sino para escrutarlos, para desenmascararlos, para abatirlos. Como andaba con estas reflexiones, abrí el libro, lo antepuse a otras lecturas, y muy pronto encontré puntos en común con Carmen Sotillo, con lo que su irrupción en las páginas y después en escena supuso, puesto que la narradora de El volumen de la ausencia, Ida Sierra (siempre aparece así nombrada, por cierto, con el apellido del marido, al modo de otros países, dependiente del macho, nadie parece tener curiosidad por cómo se llama ella en realidad, es tan sólo “la señora de”), dice en pocas palabras lo que ha sido el pan de cada día para tantas (y tantos): “Callar; eso era lo que hacíamos todos. Cubrir con piel sana los furúnculos más purulentos”. Aunque, sin duda, los párrafos más reveladores y dolorosos (porque cuentan algo que ha sucedido, que aún sucede en muchos lugares) son los que Ida dedica a hablar sobre su madre, son un reflejo de la incomunicación, de la sumisión, de la resignación, del modo en que se ha anulado a varias generaciones (nos quedamos en las madres porque, tengamos la fortuna de que aún vivan o no, están todavía cerca, puede rectificarse, pero podríamos, claro, hablar de nuestras abuelas, bisabuelas, por supuesto tías, vecinas, incluso hermanas) y nadie ha movido un dedo por evitarlo (y quien sí ya sabemos cómo ha terminado): “Creo que fue en aquella ocasión cuando de verdad conocí yo a mi madre. Hasta entonces lo único que sabía de ella era que había pasado por la vida, como tantas mujeres de su época, sometida al destino ancestral de su sexo, volcada hacia su marido, cuidando de mí cuando yo era pequeña y dedicada luego a Jacobo porque era hijo mío y yo no podía ocuparme de él.
   >>Nunca supe en realidad cuáles fueron sus verdaderas luchas internas. Ni siquiera llegué a saber si las tenía. Ignoro si alguna vez sintió la necesidad de rebelarse, o si llegó a experimentar por un hombre que no fuera mi padre lo mismo que yo sentía por ti.
   >>Me chocaba, eso sí, su forma de comportarse con todo el mundo; aquella necesidad de entrega que casi nadie apreciaba, aquel volcarse con los que sufrían o enfermaban y, sobre todo, aquella paz que irradiaba incluso en los momentos de mayor apuro: “Dios proveerá, hija; hay que confiar en Él.”
  >>Para ella no había más ideología que la de auxiliar al prójimo; jamás se definió políticamente ni le importaba la gente que aspiraba al poder. Al contrario; la compadecía: “Situarse en las alturas es perder el derecho a la tierra. Y eso es grave, Ida. Mientras vivimos, es nuestro verdadero feudo.”
   >>Su máxima ambición consistía en no ser ambiciosa; en tener lo suficiente pero no lo demasiado. (…)
   >>Sus alusiones a la fe eran siempre veladas; no quería abrumar a nadie con sus creencias: “Lo importante no son los sermones, sino el ejemplo.” Por eso nunca se preocupaba en averiguar si tal o cual fulano era de derechas o de izquierdas, si era creyente o no lo era. Lo único que le impulsaba hacia él era saberlo en desgracia (con o sin culpa) y procurar, como fuera, sacarlo a flote. Luego lo olvidaba. Decía que tan malo era recordar los agravios que nos habían hecho, como evocar los favores que hacíamos a los demás: “Ambas situaciones conducen a la soberbia.” (…)
   >>Eso era lo que solía practicar ella, Juan: cegueras voluntarias; sorderas sistemáticas para todo lo que la hería.
   >>Decididamente antiextremista, procuraba evitar entusiasmos vanos, precipitaciones torpes e inquietudes meramente materiales. Todo lo que, en definitiva, podía hundir al entusiasta en lo ridículo”.
   Todo esto viene a resumirse en una frase que Ida escribe poco después: “Así era mi madre, Juan. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba”. Ese silencio ancestral fue el que vino a romper Delibes (como ya habían hecho antes otras autoras, ya lo hemos visto), por eso resulta desolador que alguien pudiese ver a Carmen Sotillo como una arpía, como una indeseable, cuando sólo le preocupaba guardar las formas, cuando se arrepiente de aquello que tan sólo ha imaginado o magnificado en su recuerdo, cuando ha sido obediente hasta en la cama, cuando ha sido fiel guardiana de las esencias de “lo correcto”, eso que se transmite en las páginas de la revista La Dona Catalana, revista semanal publicada entre 1925 y 1938, de la que Montserrat Roig recoge algunos avisos en su vibrante Adiós, Ramona: “Toda mujer que cuida de su higiene tiene siempre a mano una pastilla de jabón de almendra”, “Leyendo La Dona Catalana se protegen los intereses del hogar”, “Sabéis que la mujer catalana ha sido siempre la más fiel guardiana de nuestra fe y de nuestras tradiciones ancestrales, sabéis que son vuestras virtudes raciales”, “La sensatez que no excluye la alegría, la discreción en el mando, la docilidad en la obediencia, la honestidad en las costumbres”. Y también aparece una escuela, academia o similar que se llama La Cultura de la Dona en la que sólo se imparten clases de taquigrafía, bordado, ortografía y costura (lo que me lleva al estupor de ser consciente de que, en este tiempo en que descubría a Laforet, Martín Gaite y otras -también en ese tiempo empecé a leer a Ana María Matute-, es decir, en los años que van de 1984 a 1988, aún se impartía una asignatura optativa que se llamaba Hogar, según decían algunos profesores evolución de lo que antes eran nociones de “economía doméstica” y en aquel momento se centraba en manualidades varias, todo muy fútil y ñoño, recubierto de una ranciedad vomitiva -pero curricular y, si se suspendía, cosa que llegaba a suceder, había que hacer un septiembre de examen sobre nutrición-). Montserrat Roig, con la brillantez que la caracterizaba, retrata sin aspavientos y con contundencia a tres mujeres de la misma familia, estableciendo la cronología y genealogía de los esquemas mentales, de la cortedad de miras, de los dogmas de fe (religiosa y social), porque la abuela, en 1894, escribe en su diario: “No sé por qué me caso. Pienso que es muy difícil prever qué nos tiene reservado el destino. Una mujer necesita a un hombre a su lado, por miedo a encontrarse sola, de ser el hazmerreír de la gente. Sobre todo, por miedo a llegar a vieja sin salud y con el alma reseca”. ¡Qué escalofrío pensar que tantas lo han rubricado con sus hechos, creyendo ciegamente que era lo justo, sin plantearse que existen otras opciones, sin el valor o la posibilidad de oponerse, siendo cruelmente castigadas si se atrevían a discrepar! Por lo tanto, no es extraño que, ya en 1960, esa misma mujer le diga a su nieta cuando va a ir por primera vez al Liceo al haber cumplido dieciocho años: “Tienes que sentarte con las piernas cerradas y las puntas de los zapatos hacia adentro. Sobre todo no pongas esa cara de juez. Saluda a los conocidos con elegancia, les sonríes si se acercan pero no hables demasiado, no te rías si no viene a cuento, has de mantenerte distante. No debes exagerar: una señorita ha de hacerse valer sin que nadie sospeche cuáles son sus intenciones. Te has de mostrar reservada. (…) has de comportarte, cuando estés dentro del palco, como si la música te interesara de verdad. Nada de llevar gemelos, no los necesitas, nada de mirar con indiscreción a los lados: una chica ha de estar bien educada por fuera y por dentro”. Uno se atrevería a decir “bien amaestrada”, “bien domada”, “bien abducida”, “bien domesticada” (dicho con mucha ironía, por aquello de que en las aulas se aprendía “economía doméstica” -hablarían del precio de los garbanzos o de las telas más prácticas para hacer cortinas, de cómo llegar a fin de mes, ¡mira, que se apunte Esperanza Aguirre si aún imparten lecciones de este tipo en algún sitio!-).
   Tengo pensado escribir dentro de no mucho (ya saben los fieles que igual pasan meses antes de ello) sobre los prejuicios y, por lo tanto, apenas esbozaré ahora cómo, por culpa de una espantosa profesora de Literatura que sufrimos durante la carrera, una mujer incapaz de transmitir el más mínimo amor por los libros, alguien que les convertía en obstáculos, en cargas pesadas, una tal Milagros Arizmendi por la que, en parte, nunca me entusiasmó Carmen Laforet (tal vez si ella nos la hubiese hecho vivir, explorar, tal vez si ella hubiese hecho volar nuestra imaginación, si hubiese animado a nuestros corazones, si hubiese creado lectores y no papagayos, si le hubiesen preocupado nuestras sensaciones, nuestros análisis, nuestros puntos de vista, si hubiese transmitido alguna emoción, tal vez así mi relectura de Nada hubiera sido más placentera -o la de Tiempo de silencio de Martín-Santos, otro de esos títulos nimbados de prestigio que nunca se han ganado mi devoción y que también leí primero para la Selectividad-), como esta señora nos arrojó unos veinte libros que había que leer para un examen que iba a tener lugar un mes después, así, sin avisar, sin que le temblase el pulso, haciendo que muchos se desanimasen y considerasen la lectura como algo prescindible porque ya vienen otros a imponerla, cogí mucha prevención a Rosa Chacel, porque las más de 700 páginas de La sinrazón se sumaban a otras muchas que era imposible leer a tiempo (había otras cinco asignaturas, la mayoría con mucho que memorizar y estudiar). Pero en esta época por la que transito me decidí a abrir Memorias de Leticia Valle y la experiencia ha sido gratificante, gloriosa, refrescante, una novela en apariencia ingenua pero con unas cargas de profundidad que aún hoy son muy pertinentes, por debajo de su voz de niña (si bien es cierto que muy leída, tendente a la reflexión, en absoluto simple, muy despierta y observadora) asoma la madurez de una escritora -la publicó con más de 45 años- poseedora de una mirada certera y penetrante, otra de esas que no consintieron mordazas ni grisuras, sacando a la luz la miseria moral de una sociedad (y aunque las circunstancias no cambiasen demasiado o lo hiciesen muy lentamente, dejar testimonio de ello es imprescindible, para que no se olvide, para procurar que quede en el pasado, para que Carmen Sotillo no sea quemada por bruja).